lunes, 25 de febrero de 2013

PENSAMIENTO ANALÓGICO (1 de 2)



HERRAMIENTAS DEL PENSAMIENTO
PENSAMIENTO ANALÓGICO


Construimos una analogía cada vez que comparamos una cosa o situación con otra u otras, para observar las relaciones de semejanza que existen entre ellas. Cuando centramos nuestra atención en esas semejanzas, con la finalidad de obtener conclusiones y arribar a una decisión, utilizamos la herramienta del pensamiento que  conocemos como “pensamiento analógico”.

Naturalmente, existen grados de semejanza entre las cosas o situaciones. Un hombre es semejante a cualquier otro, por ejemplo, en todo lo que suponemos que es esencial e inherente a su naturaleza humana, pero difiere de los demás hombres en cuanto se refiere a las cualidades específicas que le otorgan su identidad.

Por otra parte, cuando evaluamos las semejanzas, es imposible dejar de considerar las diferencias. Si decimos que Pedro es “casi tan alto como Juan” estamos afirmando que se parecen por su estatura, pero a la vez dejamos claro (con la palabra “casi”) que también se diferencian ligeramente .

El proceso de comparar cosas y situaciones conduce al intelecto humano a la creación de grupos: el grupo de los altos, el de los calvos, el de los ricos, el de los mayores de 21 años, y tantos otros. Es decir, el resultado esperado del proceso de comparación de cosas conduce a la clasificación de ellas en clases o categorías. Igualmente ocurre con la comparación de situaciones: las situaciones peligrosas, las tolerables, las agradables, las confusas, las necesarias, etcétera.

Esta clasificación de cosas y situaciones conduce a su vez a la formación de generalizaciones. Cuando generalizamos, no pensamos en objetos individuales, sino en grupos de objetos que consideramos semejantes de acuerdo con algún criterio. Nuestro lenguaje está lleno de generalizaciones: “Prefiero tratar con personas inteligentes... (las que pertenecen a la clase de los inteligentes)”, “éste es un empleo para jóvenes...(los que pertenecen a la clase de los jóvenes)”, “Pedro disfruta las situaciones riesgosas...(las que pertenecen a esa clase)”.

El empleo de generalizaciones es necesario para que el pensamiento fluya de manera eficiente. La generalización sustituye la enumeración, por razones de brevedad y ahorro de tiempo y energía. Pensamos que sería necio colocar una cartel a la entrada de un espectáculo en el cual se prohibiese la entrada a las personas de: un año, dos años, tres años... y así hasta llegar a veinte años. Mucho más sencillo es generalizar diciendo: “Se prohíbe la entrada a los menores de 21 años”.

Algunas veces, sin embargo, se presentan problemas cuando tratamos de explicar con palabras (conceptualizar) cuáles son los criterios que hemos empleado para formar la clase que estamos usando como objeto de nuestro pensamiento: ¿Qué entiende usted, exactamente por un hombre “calvo”?, ¿pertenecen a la clase o categoría de los calvos aquellas personas que solamente tienen tres pelos en su cabeza? ¿y las que tienen solamente cuatro? ¿cuántos pelos tiene que tener una persona para dejar de ser calvo? . En términos técnicos, diríamos que la clase de “los hombres calvos” es una clase “borrosa” porque, aún cuando podemos referirnos a ella en la práctica: “los calvos no deberían exponerse mucho tiempo al sol”, a la vez admitimos que no sabemos con precisión que significa “ser calvo”.

Por supuesto, existen categorías totalmente nítidas, como la categoría de los números pares. Si decimos “La suma de dos números pares da como resultado otro número par”, no caben dudas sobre lo que queremos decir. (Dicho sea de paso, las palabras “borrosa” y “nítida” implican una clasificación de la naturaleza de las categorías, o sea, una meta-clasificación de las clasificaciones, no totalmente nítida). En el mundo ideal de la Matemática y de algunos tipos de Lógica, existen clasificaciones nítidas. Todas las demás, las que hacemos para pensar sobre el mundo real, tienen un cierto grado de “borrosidad”. El pensador entrenado en el uso del pensamiento analógico, tiene que tomar en cuenta esa borrosidad para evitar errores de significado en sus razonamientos.

Hay muchas otras fuentes posibles de error en los razonamientos analógicos, mas es imposible para el buen pensador prescindir de ellas. Una célebre paradoja lingüística nos advierte: “Toda generalización es falsa, inclusive ésta”. Otra advertencia reza: “Toda regla tiene su excepción”. 

No puedo, obviamente, enumerar en tan corto espacio todas las posibles fuentes de error. Me contentaré solamente, por ahora, con recomendarle al lector que vaya con cautela cuando piense sobre ideas tales como “Debido a que los niños (o las mujeres, o los venezolanos) son tal o cual cosa, entonces ocurre esta o aquella situación”. La cautela que recomiendo implica un esfuerzo en aclarar lo mejor posible y hasta donde sea necesario en cada caso, cuáles son los criterios de semejanza que estamos usando para definir las clases a las cuales nos referimos. Hablaré en poco más sobre esto en mi próximo artículo.

Ramón V. Viggiani Quintana
viggiani8@gmail.com  

PENSAMIENTO ANALÓGICO (2 de 2)



HERRAMIENTAS DEL PENSAMIENTO
PENSAMIENTO ANALÓGICO
Segunda y última parte

Les decía en mi artículo anterior que usamos el pensamiento analógico cuando nos proponemos observar las semejanzas y las diferencias entre objetos o situaciones con el fin de sacar conclusiones que se refieran, no a cada uno de ellos individualmente, sino a clases, categorías o grupos de ellos.

Supongamos que deseo comprar un automóvil usado y que, para aumentar la probabilidad de hacer una adquisición satisfactoria, hago una encuesta entre mis amigos y conocidos, preguntándoles sobre las características de los vehículos que usan. Las personas encuestadas me dan información técnica sobre sus respectivos automóviles, una relación de las fallas más frecuentes que han encontrado en ellos y de la disponibilidad y el costo del servicio mecánico, tanto de la mano de obra como de los repuestos.

Para analizar los datos que he recibido, que son muchos, lo más natural es que los organice por categorías. Podría comenzar agrupando los datos en tres clases o categorías, según correspondan a automóviles europeos, americanos o asiáticos. Si yo, por ejemplo, le doy mucha importancia a la disponibilidad y al costo de los repuestos, y encuentro que, según ese criterio, la clase “vehículos americanos” resulta más ventajosa que las otras, selecciono esa clase y de allí en adelante concentro mi atención en ella.

Para hacer una segunda aproximación, podría dividir la clase seleccionada de acuerdo con algún criterio. Éste pudiera ser, digamos, la marca. Encuentro entonces que tengo datos disponibles de tres marcas distintas, la “A”, la “B” y la “C”, pero no hallo diferencias significativas en cuanto a mi criterio principal de selección entre las marcas A y B, aunque sí me doy cuenta de que los repuestos de esas marcas son más abundantes en el mercado y se venden a mejores precios que los de la marca C. Entonces uno las subclases A y B en una sola que llamo “AB” y la escojo como centro de mi atención para utilizar otro criterio de selección.

Digamos que, después de considerar los repuestos, el criterio más importante para mí sea el consumo de gasolina. Divido entonces la clase escogida en tres grupos, la de los modelos anteriores al año 2000, la de los que corresponden al período 2000-2005 y la de los modelos de años posteriores a 2005. Podría entonces darme cuenta de que  la subclase “modelos anteriores a 2000” se “parece” más, en cuanto al criterio primario de los repuestos, a las clases ya descartadas de los vehículos asiáticos y europeos que a las otras subclases de modelos americanos. Por ello, la descarto inmediatamente. Si no encuentro diferencias apreciables entre los otros dos grupos en relación con los repuestos, me fijo si existe alguna diferencia en el consumo de gasolina. Para abreviar, digamos que encuentro una ligera diferencia a favor de los modelos más recientes, no tan grande, a mi juicio, como para hacer una selección definitiva. Recurro entonces a otros criterios, tales como la potencia del motor, al tipo de trasmisión o a las características del sistema de frenos.

Al final del análisis, sabría que clase de automóvil deseo comprar, por ejemplo: Un automóvil sedán, Ford o Chevrolet, modelo 2000 o más reciente, cuya potencia no sea menor de 125  hp.

Por supuesto, no me basta con saber cuál es la clase de automóvil que deseo, también tengo que saber cuánto puedo pagar por él. Si solamente dispongo de una cierta cantidad de bolívares, tendré que investigar en el mercado de autos usados para saber si existe compatibilidad entre mis deseos y mi capacidad adquisitiva, y si tal compatibilidad no es posible, deberé optar por esperar algún tiempo o reducir mis aspiraciones.

El proceso de selección que he descrito en el ejemplo anterior corresponde, en términos generales, con el que haría una computadora programada para esa tarea. Algo similar hacen los programas que ayudan al usuario a tomar decisiones gerenciales o los programas que toman sus propias decisiones, como los que juegan ajedrez. Rara vez, el ser humano toma decisiones de una manera tan fría y calculadora. Aún en el caso, aparentemente objetivo y material como aparenta ser la compra de un automóvil usado, las personas utilizan criterios de selección emocionales y muchas veces inconscientes: “me gustaría tener un carro como el de mi hermano, para parecerme a él, aunque gaste un poco más de lo que razonablemente debería gastar”. Sin embargo el pensamiento analógico siempre está presente: ¿por qué este auto se parece más al de mi hermano que ese otro?

Por otra parte, parece claro que cualquier decisión que se tome resulta más acertada en la medida en que consideramos más datos y dedicamos mayor esfuerzo a analizar la confiabilidad y la relación de pertinencia de esos datos con el objetivo perseguido. Los programas comerciales de ajedrez, por ejemplo, analizan una cierta cantidad de jugadas posibles por segundo antes de hacer cada movimiento, de acuerdo con ciertos criterios que les permiten otorgar un “valor” a cada posición de sus piezas (y las de su oponente) en el tablero. Cuando el usuario los utiliza en el nivel “de novato”, lo que hace es permitirle muy poco tiempo al programa para evaluar posibilidades, de modo que resulta muy fácil ganarles la partida. Si, en cambio, las programa en el nivel de “maestro”, ocurre todo lo contrario.

Estoy pensando ahora, por cierto, en una analogía entre el juego de ajedrez y la vida misma. Esta es una analogía muy fecunda, sobre la cual pienso hablar en otro artículo. Ahora, solamente me gustaría terminar estas líneas invitando al lector a reflexionar sobre cuál sería el nivel (novato, aficionado, experto, maestro) en que se programaría a sí mismo si tuviese que tomar decisiones de importancia variable: escoger una profesión, casarse, comprar un automóvil, seleccionar una película…

Ramón V. Viggiani Quintana
viggiani8@gmail.com 

EL AJEDREZ DE LA VIDA



EL AJEDREZ DE LA VIDA

Considero al ajedrez  tan rico en aspectos y facetas que bien pudiera decirse que tiene un  poco de deporte, un poco de ciencia y hasta una pizca de vicio.

Se parece al fútbol, a la natación o a cualquier otro deporte, porque la habilidad del buen jugador requiere disciplina, concentración, estudio y sobre todo, entrenamiento. Además, jugar ajedrez puede ser tan beneficioso para la salud mental como un deporte convencional puede serlo para la salud física.

Se parece a las ciencias, especialmente a las llamadas “ciencias formales”: Matemática y Lógica, porque la habilidad requerida es de naturaleza intelectual y porque el buen jugador, aparte de ser estudioso, y de poseer las cualidades propias de un buen deportista, debe tener la curiosidad y la creatividad que distinguen a los investigadores científicos.

Finalmente, se parece a un vicio porque, en ciertos casos patológicos (por desgracia no tan raros) los jugadores llegan a tal grado de apasionamiento que “apuestan” su autoestima en el tablero. Quienes hacen esto, deliran de grandeza cuando vencen a un rival experto y sufren terribles depresiones cuando son derrotados por alguno a quien menosprecian. Además, a falta de otras fuentes de bienestar psicológico, experimentan la necesidad de la recompensa moral que ofrece una victoria difícil, aunque esta nunca llegue a ser suficiente para satisfacerlos del todo. Buscan entonces nuevos retos, de manera incesante y caen en una especie de frenesí, indudablemente pernicioso.

Cuenta una leyenda que el inventor de este juego-ciencia quiso simular una batalla, o tal vez una guerra, como las que tenían lugar en tiempos antiguos. Pero, por todas las semejanzas que encuentro entre el juego-ciencia y las circunstancias humanas, el ajedrez se me parece más a la vida misma. Me recuerda la batalla diaria que libra todo individuo contra los obstáculos que aparecen en su vida, amenazándole, dificultándole el logro de los objetivos que se propone y poniendo en peligro, incluso, su propia supervivencia. Naturalmente, el juego es para mí un modelo simplificado y abstracto de la vida; en el sentido como una ecuación matemática es un modelo de un fenómeno físico. Sólo una representación...

Suele decirse que el desarrollo de una partida de ajedrez pasa por tres etapas, definidas en una forma no totalmente nítida: la apertura, el medio juego y el final. En la analogía que pretendo hacer con la vida del ser humano, estas etapas corresponderían a la infancia, la adolescencia y la madurez

En la apertura, los buenos jugadores suelen seguir rutinas que conocen de memoria. Son series de jugadas que han sido probadas en campeonatos mundiales y de cuya eficiencia no se duda. Las blancas marcan la pauta, escogiendo una estrategia de ataque, y las negras responden con alguna estrategia de defensa que han estudiado previamente y que juzgan efectiva para contrarrestar la forma particular en que las blancas han iniciado el juego. En una partida entre maestros, los errores en la apertura conducen casi irremediablemente a la derrota.

En la vida, las circunstancias del nacimiento marcan la pauta de los años subsiguientes. De acuerdo con esas circunstancias el ser humano recibe o deja de recibir alimento, amor y educación. No tiene necesidad de decidir ni poder para hacerlo. Tiene (o no) unos padres, una escuela y una sociedad que le imponen un código cultural de conducta. Debe hacer esto o aquello porque “se sabe”  que es lo que le conviene. Un error en esta “apertura” de su vida puede acarrearle consecuencias muy graves.

En el ajedrez, después de un cierto número de movimientos, ya la memoria de los jugadores (o de las computadoras, si es el caso) no sirve para tomar decisiones, pues el número de jugadas posibles es demasiado alto. Entonces el jugador recurre a su razonamiento: observa, evalúa, compara, juzga, imagina el futuro...y  hace la jugada que considera mejor. En esta etapa, todavía el jugador no puede hacer un plan definitivo para vencer a su rival, pues hay demasiadas piezas en el tablero y no puede predecir sino a grandes rasgos cuál será el desarrollo de la partida. A falta de este plan, se contenta con procurar ventaja material, superando a su oponente en número o calidad de piezas disponibles, o con preparar sus piezas para el final del juego, ubicándolas en las posiciones más ventajosas del tablero.

De la misma manera, llega para el hombre una etapa en la vida en la cual debe hacerse cargo de sus propias decisiones. Es cuando siente el placer y la angustia que se derivan de su libertad. Entonces tiene que observar, evaluar, comparar, juzgar... imaginar el futuro. No puede tener un plan definitivo y concreto, porque hay demasiadas posibilidades. No hay memoria individual ni colectiva que le indique con precisión cuál es el mejor camino. Debe contentarse  con buscar una buena educación, una buena pareja y un buen lugar donde vivir. Si lo hace bien, le saca ventaja a la vida, si no, estará siempre en desventaja

A medida que transcurre una partida de ajedrez, las posibilidades de acción se reducen, las circunstancias definitivas van esclareciéndose y las piezas van desapareciendo del tablero. También en la vida, a medida que pasa el tiempo, las posibilidades de acción se reducen. Cada conducta pasada ha generado un compromiso y tanto los errores como los aciertos se han ido acumulando. En los años maduros se aproxima y se prevé el final del juego. Entonces los jugadores de la vida, igual que los de ajedrez, se aprestan a recoger los frutos de su siembra.

Durante la etapa final de una partida de ajedrez, cada jugador debe tomar la más importante de las decisiones del juego: arriesgarse a ganar, lo cual implica invertir sus energías en consolidar un triunfo que considera posible, buscar un empate honroso –si no ve oportunidades de éxito– o, simplemente, reconocer que ha perdido y retirarse del juego con dignidad.

Algunos jugadores de la vida ponen sus esperanzas en el premio que recibirán en otro mundo, al final de los tiempos. Otros, más escépticos, desean ver colmados sus sueños en éste, antes de terminar el juego. Pero, a diferencia de lo que ocurre en el ajedrez, al término del juego de la vida ninguno puede eludir el oprobioso jaque mate. Todos, sin excepción, apenas dejan huellas de sus pasos en los tableros empolvados donde se batieron en lucha. Marcas efímeras que se diluyen en la eternidad como gotas de lluvia en el océano.

Ramón V. Viggiani Quintana
viggiani8@gmail.com 

viernes, 18 de enero de 2013


TODO ES CUESTIÓN DE TIEMPO

“Irreversibilidad” es la palabra clave para comprender el tiempo. Percibimos el “paso del tiempo” porque observamos el cambio de las cosas. O, en términos más precisos, “los cambios de estado de las cosas”; porque todos los cambios son irreversibles. La cerradura oxidada, la muerte de un ser querido o la estatura que han alcanzado nuestros niños, nos demuestran que existe una dimensión de la realidad a la que llamamos tiempo. Podríamos limpiar la cerradura oxidada y hacerla lucir como nueva, pero no es posible hacerlo sin degradar algo de energía y consumir otros recursos. Por eso decimos que el proceso de oxidación es irreversible y señala la dirección en la cual transcurre el tiempo. El aumento de estatura de los niños es un proceso de naturaleza radicalmente diferente (de estructuración en vez de homogenización) que a primera vista parece reversible; pero aunque no lo quisiéramos, sabemos que cuando sean ancianos el proceso se invertirá espontáneamente. Pero, antes y después, bien para crecer o simplemente para mantenerse vivos, habrán de utilizar recursos. Es decir, habrán habido procesos claramente irreversibles en las fuentes de esos recursos, en su medio ambiente. Hasta los llamados “recursos renovables” sólo son tales en un cierto sentido, muy práctico, mas no absoluto; porque hasta el mismo sol, como cualquier estrella, algún día dejará de brillar. Todo es cuestión de tiempo.

Ramón V. Viggiani Q.     

Cuerpo y Alma

 

Existe una estrecha correlación entre la bioquímica del cuerpo humano, de una parte, y la personalidad y el carácter, de la otra. Se conocen, por ejemplo, los efectos del alcohol en la sangre. Todos hemos visto alguna vez a un conocido llegar muy serio y circunspecto a una reunión social, convertirse después de los primeros tragos en una persona alegre, sociable y desinhibida y, finalmente, después de haber bebido más de la cuenta, transformarse en  impertinente e insociable.

Ni hablar de las llamadas "drogas duras"; las páginas rojas de los diarios reseñan su efecto.

Lo contrario también es cierto. Sabemos que las emociones, estimuladas por la percepción de hechos o situaciones significativas para una persona, cambian la composición química de su sangre. El cuerpo reacciona ante el peligro y la agresión física y verbal. El cerebro y el sistema de glándulas endocrinas actúan para preparar al organismo a defenderse o a huir. Los mensajeros son substancias químicas que entran al torrente sanguíneo para llevar instrucciones a los músculos y a los órganos del cuerpo.

Una palabra amorosa dicha al oído modifica la química del cuerpo. Su percepción induce la circulación o inhibición de hormonas y neurotransmisores, los cuales, a su vez, modifican la conducta. De manera circular, las modificaciones bioquímicas predisponen al sujeto en relación con los fenómenos de la sensación, la atención y la percepción. Con la sangre cargada de testosterona, un adolescente apasionado puede observar en una chica gestos imperceptibles para otras personas. El lenguaje del cuerpo se torna  más significativo, las palabras comunes llegan a ser poesía y la imaginación crea paraísos idílicos. Es lo que suele llamarse un "estado alterado de conciencia".         

Cuando pensamos en estas cosas podemos apreciar, aunque sea de lejos,  la inmensa complejidad de las relaciones del alma humana con su substrato orgánico.

Los grandes pensadores de la antigüedad se preguntaban por el sitio donde residía el alma, a la vez que especulaban sobre la substancia de la cual estaba formada. Algunos llegaron a pensar que estaba en el estómago, el órgano más visiblemente afectado por las emociones. Otros pensaron que residía en el corazón, cuyo ritmo evidencia los estados psicológicos. Mientras los más ingenuos intentaron pesarla, los más escépticos proclamaron que no existía, pues, después de revisar todos los rincones del cuerpo, no encontraron evidencia "objetiva" de ella. Hoy, la gente suele asociar, de manera muy vaga, el alma con el cerebro. Cerebro, mente y alma: tres palabras para intentar una respuesta fácil a la pregunta más importante y difícil de la historia.

Yo, aunque reconozco mi propia ignorancia y mi propia obscuridad en relación con este tema, me atrevo a rechazar estas simplificaciones, que me parecen infundadas.

Me parece que el alma, eso que llamamos alma, tiene que ver con lo que es verdaderamente nuestra identidad. Parto, indudablemente, de una preconcepción de origen religioso, pero la razón me indica que yo no podría ser quién soy si, como decía Ortega, no viviera dentro de las mismas circunstancias. Y la más prominente de mis circunstancias es mi propio cuerpo. Todos me reconocerían como la misma persona si tuviese la desgracia de perder una mano o una pierna. Incluso, si fuese sometido a un transplante de corazón. ¿Sería igual si me fuese transplantado otro cerebro?

Tal vez esta última pregunta no tenga sentido; quizá no sea nunca posible desarticular al cerebro del resto del cuerpo humano, porque las estructuras neuronales representan y reproducen, de alguna manera, al organismo que las sustenta. Pero, ¿qué si perdiera una parte del cerebro? ¿o si mi hipófisis o mis glándulas suprarrenales comenzaran a funcionar de modo diferente? ¿Qué pasaría con mi carácter si mis sentidos se alterasen de tal forma que la realidad que percibiera fuese radicalmente distinta a lo que antes percibía?

Es posible que, después de todo, sí cambie mi identidad con tan sólo perder un dedo de mi mano. ¿Cómo hubiese sido el alma de Cirano, con una nariz diferente?

Cuando exclamamos, por ejemplo, refiriéndonos a alguien a quién creíamos conocer y que nos ha demostrado lo contrario con un acto muy noble o muy traicionero: ¡Ahora ya le conozco!, nos referimos a su alma, a su verdadera naturaleza, a su identidad. Pero yo me pregunto: esa alma, que constituye su esencia, ¿es separable de los casuales accidentes de su cuerpo?         

      Ramón V. Viggiani Quintana

lunes, 20 de julio de 2009

Pensamiento Sistémico

Pensamiento Sistémico.
Primera Parte.

A lo largo de su historia y para enfrentar con éxito los múltiples retos que las circunstancias han impuesto a su supervivencia, el intelecto humano ha desarrollado una verdadera y muy bien dotada “caja de herramientas”.

En la vida ordinaria hacemos uso de esas herramientas casi sin darnos cuenta. Pero así como un ama de casa que desea clavar un clavo en la pared utiliza la primera herramienta que encuentra a la mano, un carpintero profesional, antes de ejecutar cualquier tarea selecciona cuidadosamente las herramientas más idóneas que usará para cumplir sus propósitos. De la misma manera, un pensador entrenado escoge deliberadamente de su caja de herramientas intelectuales aquéllas que le permitirán ejecutar su trabajo de una manera más eficaz y eficiente. Hoy deseo hablarles de una de las herramientas intelectuales más versátiles y poderosas, el pensamiento sistémico.

El adjetivo “sistémico” es un neologismo muy útil, derivado del sustantivo “sistema”, al cual, dentro de este contexto, le damos el sentido de “totalidad organizada”. Cuando hablamos de considerar un problema o situación desde el punto de vista sistémico, nos referimos a considerar una cierta estructura como un todo, en lugar de analizar, por separado, cada una de sus partes.

El cuerpo humano es para nosotros un sistema, por ejemplo, porque está formado por un conjunto de partes organizadas, pero igualmente podríamos definir una mano o el corazón como el sistema que nos interesa, pues ambos también están formados por partes organizadas, aunque en escalas distintas. En otras áreas de la actividad humana, la economía global de un país puede ser estudiada como en sistema, lo mismo que una granja, una empresa industrial, un comedor escolar o una familia.

A pesar de su parecido, no debemos confundir el significado del adjetivo “sistémico” con el del adjetivo “sistemático”. Éste último indica la cualidad de metódico, de organizado, y su sentido es más general que el del primero. El pensamiento sistémico es necesariamente sistemático, pero no todo procedimiento o enfoque sistemático es sistémico. Lo que pretendo decir es que existen otros métodos sistemáticos, no sistémicos, de abordar la solución de problemas o de enfrentar situaciones. El método analógico, sobre el cual les hablaré en otro artículo, por ejemplo, es uno de ellos.

Lo que caracteriza al método sistémico es la decisión de escoger y definir claramente el sistema que deseamos estudiar, de seleccionar también cuáles son las variables del sistema escogido que nos interesan - lo que implica hacer una simplificación del mismo - y de enfocar nuestra atención en los cambios que experimentan esas variables.

Cuando Pedro Pérez va a ver a su médico, éste llena o actualiza una hoja a la cual llama “historia médica”. La historia médica de Pedro es una descripción de las variables más importantes – a juicio del médico- del cuerpo de Pedro. Se convierte en un “modelo” de su cuerpo. Pedro queda representado, por así decirlo, por un conjunto de variables tales como su peso, su estatura, su tensión arterial, los índices de su química sanguínea y algunos otros más. Si el problema de Pedro es grave y su médico decide convocar a una junta de especialistas, presentará el caso con la historia en la mano, y probablemente dirá algo así como: “éste es el paciente que debemos estudiar”. La historia es el sistema modelo del cuerpo de Pedro.

Pero si Pedro visita a su sastre porque acostumbra hacerse trajes a la medida, el sastre le tomará una serie de medidas y llenará o actualizará otra clase muy distinta de “historia” del cuerpo de Pedro. Al sastre lo que le interesa, tal vez, sea la circunferencia del abdomen de su cliente, el ancho de su espalda y la longitud de sus piernas y brazos. El sistema original es el mismo, pero el modelo que lo representará en las discusiones del sastre con sus costureros será muy distinto al modelo que use el médico.

En mi próximo artículo les hablaré un poco más sobre la importancia de la selección de los modelos sistémicos, y abundaré sobre las variables y las etapas siguientes del método.

Ramón V. Viggiani Quintana
viggiani8@yahoo.com


Pensamiento Sistémico.
Segunda Parte

Vivimos inmersos en algo que llamamos “realidad”. En esa realidad, sabemos, todas las cosas están interrelacionadas; podemos decir que todo forma parte de algo: mi mano forma parte de mi cuerpo, mi cuerpo (junto con mi alma o mi mente) es parte de mi persona, que a su vez es parte de mi familia, que a su vez es parte de mi pueblo…y así sucesivamente. Las cosas y los acontecimientos se interrelacionan desde el ámbito de lo infinitamente pequeño hasta el de lo infinitamente grande. Los científicos que trabajan y divulgan la nueva ciencia llamada “Teoría del Caos” suelen hablar del “efecto mariposa” según el cual una mariposa batiendo sus alas en el océano Pacífico podría causar la aparición de un huracán en el Atlántico.

Sin embargo, en las situaciones prácticas o de la vida diaria, las relaciones causa – efecto son más cercanas y visibles. Aunque, teóricamente, una tormenta solar pudiera afectar la intensidad del campo magnético de la Tierra y ello, indirectamente, afectar el funcionamiento electroquímico de mi cerebro o el funcionamiento de mi computadora, lo último que tomaría en cuenta mi psiquiatra o el técnico que le hace mantenimiento a mi computadora, serían las tormentas solares. Es mucho más probable que otras causas más próximas sean las responsables de las consecuencias citadas.

Cuando hablamos de sistemas, es decir, de totalidades organizadas como una empresa o un automóvil, decimos que todo sistema forma parte de otro u otros, de mayor “jerarquía”. Igualmente decimos que todo sistema está formado por sistemas de menor jerarquía que la suya propia. Cuando escogemos un cierto sistema para pensar sobre él, llamamos “subsistemas” a las estructuras organizadas de menor jerarquía que lo conforman.

En la práctica, usamos el pensamiento sistémico para resolver problemas y para tomar decisiones. Lo primero que tenemos que hacer es, entonces, seleccionar y definir con claridad cuál es, exactamente, el sistema que nos interesa. Si podemos hacerlo con suficiente precisión, simultáneamente habremos descartado todo lo que no nos interesa por el momento. Esta discriminación nos ayuda a concentrarnos en lo más importante. A partir de ese momento fijamos nuestra atención sólo en el sistema que hemos escogido.

Al seleccionar el sistema que queremos estudiar, prestamos atención a sus características observables. Pero la realidad es compleja y en cualquier parte de ella, por pequeña que sea, podemos observar innumerables características. Afortunadamente, no todas nos interesan al mismo tiempo. Podemos entonces, haciendo lo que llamamos una “abstracción”, seleccionar solamente algunas de las características del objeto o situación real para crear un sistema menos complejo o sistema modelo, que represente al sistema real. Este sistema modelo debe ser, a la vez, suficientemente sencillo para poder trabajar con él y suficientemente parecido al sistema real para que las conclusiones finales del estudio sean trasladables y aplicables a éste.

Tomando en cuenta estos requisitos, y debido a que en el mundo real todas las cosas se relacionan, debemos observar con cuáles otros sistemas se relaciona el que hemos escogido, para ver si los cambios que se produzcan en esos otros sistemas influyen o no, de manera significativa, sobre él. Recíprocamente, también debemos observar y definir cuáles sistemas se ven afectados de forma importante por los cambios que puedan ocurrir en el sistema que estamos estudiando.

Al conjunto de todos esos sistemas, que son diferentes al sistema escogido, pero que al relacionarse con éste influyen en él o reciben su influencia, lo llamaremos “ambiente del sistema”.

Para un médico que estudie mi cuerpo y, digamos, específicamente mi sistema respiratorio, el ambiente del sistema estaría probablemente formado por un conjunto de características del aire que respiro y no, por ejemplo, por el número de computadoras que hay en mi oficina ni por la marca del televisor que hay en la sala de mi casa. Todas esas cosas existen y de alguna manera se relacionan con mi cuerpo, pero es muy improbable que un cambio en ellas modifique el estado de mis bronquios o de mis pulmones.

En mi próximos artículos, les hablaré un poco más sobre los cambios que pueden ocurrir en los sistemas y sobre cómo pueden ser las influencias recíprocas entre un sistema y su ambiente.

Ramón V. Viggiani Quintana
viggiani8@yahoo.com

Pensamiento Sistémico.
Tercera parte

Les comentaba en mi artículo pasado, que cuando un pensador define un sistema para estudiarlo, es decir, para concentrar su atención en él, simultáneamente define lo que no es el sistema. Dentro de lo no es el sistema, sin embargo, hay partes de la realidad que el pensador debe observar también constantemente, pues se relacionan de manera importante con el sistema escogido. Estas partes, estructuras o subsistemas con las cuales el sistema se relaciona de manera significativa constituyen lo que se denomina “ambiente del sistema”.

En la práctica, también el ambiente del sistema es una simplificación de la realidad. Si un ingeniero, por ejemplo, estudia el funcionamiento del sistema de aire acondicionado de un teatro, tomará como ambiente ciertas características interiores de la sala, como su volumen, la intensidad de la iluminación y el número de personas que puede alojar, y otras externas, como la temperatura y la humedad del aire en las cercanías del teatro. Otras características observables, como podrían ser el peso del escenario y el diámetro de las columnas que sostienen el techo, no serían tomadas en cuenta, es decir, no serían incluidas por el ingeniero dentro del ambiente del sistema que está estudiando.

Algunas veces, el pensador (a quién llamaré, a partir de este momento: “el analista”) decide explorar lo que le interesa escogiendo como modelo un sistema que no se relaciona con ningún otro sistema. Decimos entonces que ha creado el modelo de un sistema “aislado”. Los sistemas aislados representan la realidad de modo muy precario, pues las interrelaciones entre sistemas siempre están presentes en ella. Sin embargo, algunas veces, estos modelos son útiles en ciertos casos. Un analista podría preguntarse, por ejemplo, qué pasaría si su país no pudiera relacionarse comercialmente con otros países o qué sucedería en la mente de un presidiario confinado en solitario. También en problemas propios de la Física o de la Química, puede resultar de interés estudiar la evolución de sistemas aislados.

En la vida diaria, los analistas escogen, por lo general, modelos según los cuales los sistemas principales se comunican con sus respectivos ambientes, es decir se consideran “sistemas abiertos”. La descripción de un sistema debe, en principio, incluir su delimitación, es decir, establecer claramente una “frontera” que permita saber donde termina el sistema y donde comienza su ambiente. Esto es importante, porque las relaciones entre los sistemas no son otra cosa que intercambios –importaciones y exportaciones- que ocurren a través de sus fronteras y conviene saber la forma, el lugar y el momento en los cuales ocurren esos intercambios.

Los intercambios que ocurren a través de la frontera de un sistema pueden ser de materia, energía o información. Mientras que para los analistas que estudian sistemas puramente materiales o mecánicos, como el motor de un automóvil o un depósito de gas metano –por ejemplo- los intercambios de materia y de energía con sus ambientes son fundamentales, para quienes estudian sistemas que incluyen a seres humanos entre sus componentes –como empresas, escuelas, familias y sociedades- los intercambios más frecuentes e importantes suelen ser los intercambios de información.

Los sistemas que incluyen personas entre sus componentes, constituyen una importante clase, denominada “sistemas humanos”. En general, estos sistemas, también incluyen partes o subsistemas materiales.

La definición de la frontera de un sistema físico suele ser relativamente fácil. No ocurre así con los sistemas humanos, en los cuales la tarea es a veces tan ardua, que el analista prefiere renunciar a su descripción conceptual (con palabras) y conformarse con referencias menos precisas. Esto puede ocurrir, por ejemplo, cuando se estudia un sistema humano tan complejo como una universidad, definida por la ley como “una comunidad de intereses espirituales entre profesores y estudiantes”.

Un punto de singular importancia para el analista es el que se relaciona con los fines del sistema. Ciertos sistemas reales, como los que estudia la astronomía, no tienen fines observables. Otros, como los ecosistemas, las agrupaciones zoológicas organizadas y algunas sociedades humanas, parecen tener como única finalidad su propia supervivencia. Un tercer tipo, al cual restringiré mis comentarios de aquí en adelante, tiene una finalidad determinada que trasciende a su propia existencia. Se trata de sistemas artificiales, creados “para algo”. Estos sistemas se denominan “teleológicos”.

Los sistemas teleológicos persiguen uno o varios objetivos. Para satisfacerlos, regulan sus intercambios con el ambiente y procuran cambiar de manera progresiva y ordenada, buscando el estado que les permita lograr sus propósitos de la mejor manera posible. Para ello, requieren ser administrados. Las estructuras de administración –planificadoras, ejecutivas, organizadoras y de control – son subsistemas necesarios en los sistemas teleológicos. (Continuará)


Ramón V. Viggiani Quintana
viggiani8@yahoo.com

Pensamiento Sistémico.
Cuarta Parte

Les decía, en mi artículo pasado, que los sistemas pueden clasificarse, de acuerdo con la presencia o no de objetivos observables en ellos, en teleológicos y no-teleológicos. Como suele ocurrir con todas las clasificaciones que hace el hombre en su intento por simplificar la inmensa complejidad del universo en que vive, esta no es, ciertamente, una clasificación perfecta. En efecto, aún cuando cumple los requisitos lógicos para serlo, algunas veces nos resulta difícil saber –sin entrar en una polémica filosófica- si el sistema que nos interesa tiene o no tiene objetivos.

Cuando pensamos en sistemas artificiales, es decir, construidos por el hombre, sabemos que corresponden a un diseño previo y que el diseñador plasma su idea deseando satisfacer ciertos objetivos. Las leyes de un país, por ejemplo, constituyen (o deberían constituir) una estructura organizada, cada una de cuyas partes ha sido diseñada para satisfacer una necesidad real de la comunidad. También una novela integra el diseño de situaciones, personajes y formas narrativas con una cierta finalidad que, según el deseo de su autor, podría ser recreativa, estética, educativa, ideológica o de alguna otra naturaleza. Algo parecido, en cuanto a que son producto de un diseño, diríamos del motor de una avioneta, de una lata de refresco o de un electrocardiógrafo. Por esta razón, identificamos, en principio, la clase de los sistemas teleológicos con la de los sistemas artificiales.

Sin embargo, cuando pensamos en ciertos sistemas naturales, como el sistema circulatorio de un mamífero –por ejemplo- solemos adscribirles ciertos objetivos. Decimos que estos sistemas han sido “diseñados” para cumplir una cierta función. Pero, ¿Quién los diseñó? , ¿Cómo fue el proceso de diseño? Naturalmente, tratar de contestar esas preguntas –las grandes interrogantes del hombre a lo largo de su historia- me conduciría irremisiblemente al campo de la Filosofía, donde no deseo entrar ahora por temor de no poder regresar luego con facilidad al tema que estoy tratando.

A pesar de este temor, me parece que conviene hacer una observación sobre algo que, en cierta forma, une a los científicos religiosos con los que no lo son, cuando tratan con estos sistemas en la vida ordinaria. A lo que me refiero es a que dónde los creyentes colocan a Dios, con sus atributos, su sabiduría y sus designios, los ateos colocan a la Naturaleza, el azar y las leyes de la evolución natural. De allí en adelante, las expresiones son muy similares. Yo tengo un buen amigo, excelente científico, que dice ser absolutamente ateo. Sin embargo, cuando habla de ciertos sistemas naturales, suele decir cosas como: “…la Naturaleza (o la evolución natural) es tan sabia que ha diseñado el sistema circulatorio de manera prácticamente perfecta…”. Al calificar a la Naturaleza como “sabia”, se refiere a ella como si fuese una persona, quiero decir: como si fuese un ente racional, que diseñase las cosas de acuerdo con sus pensamientos y deseos.

Este proceso, que consiste en asignar características personales a la Naturaleza o a otras estructuras supuestamente irracionales como las colmenas de abejas o los órganos del cuerpo, se conoce como “reificación” (anglicismo por “reification”) y resuelve muchas veces –aunque no siempre- el problema del estudio de los objetivos de los sistemas naturales, al permitir que éstos sean tratados como sistemas teleológicos.
Normalmente, cuando un ser humano interviene en la manipulación de un sistema natural, lo hace para ayudarlo a satisfacer lo que supone que sean sus objetivos. Un médico, que realiza una operación de corazón abierto, trabaja con la intención de ayudar a que el sistema circulatorio cumpla satisfactoriamente sus objetivos, es decir, aquello para lo cual “fue diseñado”. Al menos en términos prácticos, ésta es una manera conveniente de hablar. Para saber si ha tenido éxito, el analista (en este caso, el médico) revisa luego cuidadosamente la evolución de los valores de las variables con las cuales ha construido su sistema modelo. Podría, digamos, observar los valores de la tensión arterial, del ritmo cardíaco y de otros índices que considere significativos. Todos estos índices o variables –que se correlacionan- tienen valores óptimos de referencia. Cuando el médico se esfuerza en lograr que el sistema sobre el que trabaja alcance su estado óptimo, subordina (o asimila) sus fines personales a los fines del sistema.

Los fines de una empresa comercial están directamente relacionados con los que sus dueños y administradores hayan definido como su “misión” y su “visión”. Sobre el significado preciso de estos términos abundaremos más adelante. Baste, por ahora, recordar un principio básico del Pensamiento Sistémico: “Todo sistema es un subsistema de otro más general, del cual forma parte como un subsistema”. Siguiendo este principio, no podemos dejar de observar que los fines de los subsistemas componentes y los del sistema que los integra tienen que estar en armonía. Si en una empresa, los fines del subsistema planificador fuesen –o llegasen a ser- contrapuestos a los del subsistema ejecutor, la administración del sistema, y el sistema mismo, pronto entrarían en un proceso de deterioro estructural y su desaparición sería sólo cuestión de tiempo.

Ramón V. Viggiani Quintana
viggiani8@yahoo.com

Pensamiento Sistémico.
Quinta Parte

El término “analista de sistemas” se usa comúnmente para hacer referencia a las personas cuyo oficio se vincula con un determinado tipo de sistemas, relacionados con la informática o la computación. Sin embargo, en un sentido más amplio, bien pudiéramos usar el término para referirnos a las personas que piensan sobre cualquier objeto o situación utilizando el método sistémico. Un cardiólogo es un analista especializado en pensar sobre el sistema circulatorio y un economista petrolero también lo es, en su área de trabajo.

La gerencia de empresas es un campo donde el pensamiento sistémico es especialmente importante. El gerente (o analista) piensa en la empresa como un conjunto de componentes organizados para cumplir una misión determinada, es decir: como un sistema humano teleológico cuyos fines deben ser explícitos, al menos para él mismo, para los trabajadores y para los accionistas o dueños; aunque normalmente conviene que todos los sistemas que forman el ambiente de la empresa (proveedores, clientes, etc.) los conozcan también con claridad. Los fines de las empresas públicas deben ser explícitos para todos los ciudadanos.

La claridad en los fines evita las expectativas falsas y las desilusiones consecuentes. Una empresa estatal podría tener como misión el proveer de energía eléctrica, a precios razonables, a un cierto segmento de la población de un país. Pero si no se aclara bien al público cuál es el significado de la expresión “precios razonables” (en términos de comparación porcentual con los precios promedio mundiales, con el ingreso promedio por persona o con cualquier otro índice significativo) y cuál es exactamente el segmento de la población al que la empresa se compromete a servir, muchos ciudadanos podrían confundirse. Si la gente se crea expectativas falsas con relación a los parámetros anteriores o a otros índices tales como el nivel de sueldos que paga la empresa, el número de trabajadores que debe emplear o el nivel de sus ganancias monetarias, la administración de la empresa será percibida como ineficaz o ineficiente, a pesar de que logre satisfacer sus verdaderos fines y cumpla con la misión para la cual fue creada.

En las empresas privadas, el lucro, por medios legítimos, suele ser una parte importante de la misión. Esto resulta tan obvio, que la mayoría de las empresas no lo incluye expresamente cuando declara cuál es su misión. Pero, como es natural, si los accionistas o los trabajadores de la empresa no están bien informados sobre la manera como se pretende que se materialice el lucro, las relaciones entre ellos pueden deteriorarse, generando desorden y otras consecuencias todavía peores.

Lo anterior ocurre con frecuencia en las llamadas “empresas familiares” que comienzan siendo microscópicas y llegan, con el tiempo, a alcanzar dimensiones considerables. Si, por ejemplo, los administradores de una empresa piensan que la misión de ésta incluye la provisión de negociaciones jugosas o de empleos bien remunerados que privilegian a ciertos accionistas o a sus parientes y amigos, a expensas de la rentabilidad de la empresa como tal, caerán inevitablemente en una distribución injusta del lucro, con la consecuente creación de discordia. Esta práctica, por supuesto, afectaría también a los trabajadores comunes y hasta podría, eventualmente, causar conflictos legales y sindicales.

No quiero decir con esto que un grupo de personas no pueda o no deba organizar una empresa con el único fin de que la misma garantice un empleo bien remunerado a cada participante o accionista. De hecho, si utilizamos ciertas herramientas del pensamiento (extremo y analógico), podríamos considerar que un profesional en libre ejercicio es algo muy parecido a una empresa en la cual el dueño es el único empleado. En casos menos extremos, varios hermanos podrían unir sus capitales para organizar una empresa donde ellos mismos fuesen los trabajadores y un grupo de vecinos podría organizar una cooperativa para explotar sus propias habilidades. En estas situaciones, aunque la “empresa” no produjera dividendos, sino que simplemente sobreviviese, los dueños-trabajadores se beneficiarían disfrutando de un sueldo. No hay nada malo, injusto o ilegal en estas organizaciones, siempre y cuando todos los que aportan trabajo o capital sepan con claridad meridiana, en cada caso, cuál es la misión del sistema y la acepten de buen grado.

Me he referido en este artículo a la misión de las empresas por dos razones importantes: una, porque creo que las estructuras empresariales son buenos ejemplos del uso que puede hacerse del pensamiento sistémico, y la otra, porque observando el funcionamiento de las empresas es fácil darse cuenta de la necesidad de que se establezcan con claridad los fines que se persiguen. En mi próximo artículo hablaré un poco más sobre esto y también sobre la importancia de tener una “visión” del futuro de una empresa. Posteriormente me referiré, para generalizar las ideas que aquí expongo, a estructuras cuya naturaleza es distinta de la que comparten los sistemas empresariales.


Ramón V. Viggiani Quintana
viggiani8@yahoo.com

Pensamiento Sistémico.
Sexta Parte

Les comentaba en mi artículo anterior sobre la importancia que tiene para el analista conocer con claridad y precisión los fines del sistema que analiza. Bien sea que forme parte del sistema, como es el caso del administrador de una empresa, o que actúe desde fuera, como en el caso de los contralores o evaluadores externos, el conocer la misión del sistema es imprescindible para el analista.

El administrador de una empresa, debe tomar constantemente acciones que modifiquen o mantengan el estado de la estructura, para que ésta cumpla sus objetivos de la mejor manera posible. El evaluador, por su parte, tiene que observar los resultados de esas acciones y su consistencia con los fines del sistema.

Pero las empresas suelen ser estructuras humanas muy complejas, donde se conjuga un sinnúmero de elementos de naturaleza diversa y de difícil observación. Para hacer su trabajo, entonces, los buenos analistas logran construir modelos sencillos que representan realidad con suficiente aproximación. Estos modelos se parecen a los boletines o reportes de notas de los estudiantes. Cuando en estos últimos se observa que varias asignaturas están aplazadas, se concluye que el alumno ha perdido o está a punto de perder su rumbo y que el cumplimiento de sus objetivos está en peligro. La realidad del alumno, las circunstancias que puede estar viviendo y sus relaciones con los otros actores que participan en el proceso enseñanza-aprendizaje son, definitivamente, mucho más complejas que lo que puede informar la lectura del boletín de notas; sin embargo, no hay duda de que éste ofrece información básica sobre lo que está ocurriendo y permite la toma de decisiones preliminares, inclusive la decisión de buscar mayor información.

En las empresas, los “boletines de calificaciones” son los informes que indican el “estado” de la estructura en un momento dado. Estos informes son, por lo regular, de naturaleza contable o financiera, pero también pueden incluir índices que hagan referencia a los niveles de satisfacción laboral, al grado de desorden estructural o a cualquier otra variable que se considere importante de acuerdo con la misión de la empresa.

En una secuencia de informes de este tipo, pueden observarse lo que se denominan “procesos” o “transformaciones”. Cuando el analista observa un grupo de informes, ordenado cronológicamente, puede descubrir cambios en algunas variables. Puede observar también las características de esos cambios, sus magnitudes, regularidades y frecuencias. Además, puede descubrir vinculaciones entre las variables del modelo que utiliza. Por ejemplo, una tendencia al aumento de los ingresos brutos podría estar vinculada con una tendencia, más pronunciada, hacia el aumento de los costos – con la consecuente disminución del beneficio neto - o a una tendencia al aumento del índice de conflictividad laboral que presagie problemas en el futuro cercano.

Por otra parte, el cambio progresivo de los ingresos brutos y de los costos de operación significa que están ocurriendo variaciones en las condiciones de intercambio de bienes materiales, servicios e información entre el sistema y su ambiente. El pensamiento sistémico tiene que enfocarse entonces hacia el estudio de esas variaciones, precisar sus causas y sus alcances, y determinar cómo y hasta dónde puede el sistema hacer uso de sus recursos humanos y materiales para modificar las condiciones de intercambio (precios, financiamiento, plazos de entrega, volumen de venta, calidad de los insumos y productos, etcétera) en la dirección que más convenga.

Otro aspecto que deseo mencionar, antes de abandonar este ejemplo empresarial que he utilizado para ilustrar los conceptos de administración, modelo, variables, estados, procesos y recursos en los sistemas teleológicos, y de los intercambios entre éstos y sus ambientes, es el concepto de visión.

La misión de una empresa, como mencioné anteriormente, tiene que restringirse a las circunstancias del momento que vive. La empresa pública de generación de energía que utilicé como ejemplo en mi artículo anterior, tenía como misión el ofrecer servicios de electricidad a una cierta región del país a precios no mayores de un cierto límite. Pero los alcances de esa misión pueden variar con el tiempo. Es posible que sus fundadores hubieran pensado que dar servicio local a una parte del país era sólo un primer paso, el paso que los recursos disponibles le permitían acometer. Mas, en el futuro, “ven” a la empresa, dotada de recursos tecnológicos y financieros mucho mayores, prestando servicios a nivel nacional o internacional.

La visión empresarial, a muy largo plazo, es parecida a un sueño, a una esperanza. Contiene rasgos ambiguos, que solamente se pueden precisar dentro de algún escenario hipotético. A corto y mediano plazo, sin embargo, más que una ensoñación del futuro, es el norte concreto de la administración presente, y por tanto influye de manera sustantiva en sus decisiones.

Ramón V. Viggiani Quintana
viggiani8@yahoo.com

Pensamiento Sistémico.
Séptima Parte

El pensamiento sístémico es, sin duda, una de las herramientas más poderosas de la mente humana. Una de sus características más importantes, a mi juicio, es que cualquier persona, aún sin haber recibido un entrenamiento especial, puede utilizarla con éxito en ciertas situaciones. Es tan natural, además, que muchas veces se utiliza sin que quién lo haga sepa, necesariamente, cuál es el nombre que utilizan los especialistas para denominarla.

Quienes se interesan en el uso deliberado y consciente del pensamiento sistémico, encuentran que siempre es posible aprender un poco más sobre esta herramienta; por supuesto, para alcanzar niveles mayores de comprensión se requieren esfuerzos mayores de generalización y de abstracción. El dominio de algunas áreas de aplicación del pensamiento sistémico, tales como la Teoría de Control, la Investigación de Operaciones, la Teoría Matemática de la Comunicación y, obviamente, la propia Teoría General de Sistemas, exige profundidad y dedicación. Hoy en día, los buenos filósofos manejan con fluidez los conceptos sistémicos; lo mismo ocurre con los profesionales de muchas otras disciplinas: ingenieros, biólogos, ecologistas, médicos, sociólogos, psiquiatras, e innumerables etcéteras.

El caso es que la Ciencia ha descubierto que el propio conocimiento humano es un sistema, es decir, que sus componentes, los conocimientos propios de las ciencias o disciplinas específicas, constituyen una totalidad organizada e interrelacionada. En los centros de investigación y desarrollo, a lo largo y ancho del mundo, se integran equipos interdisciplinarios de la más variada conformación. Así como en la emergencia de un hospital un paciente puede ser tratado a la vez por un equipo de médicos de especialidades diferentes, es frecuente también que para atacar otras clases de problemas complejos deban integrarse otros tipos de especialistas: observamos psiquiatras que trabajan codo a codo con matemáticos, a ingenieros trabajando con biólogos y sociólogos, y a físicos, químicos y antropólogos que coordinan sus esfuerzos en procura de un mismo fin.

El reconocimiento de la “sistemidad” del conocimiento, no implica desconocer la necesidad de la educación especializada, sino que hace evidente el carácter del pensamiento sistémico como herramienta fundamental para lograr la productividad óptima de los equipos humanos de trabajo.

Naturalmente, en el espacio que nos ofrece este semanario es imposible abundar en mayores detalles. Mi propósito, al tratar este tema, es sólo el de presentarlo al lector como un método de pensar sobre el cual podría hallar mayor información en otras fuentes. Sin embargo, como dije al principio, existen muchas situaciones ordinarias, de la vida corriente, que pueden ser abordadas, utilizando solamente los principios básicos del pensamiento sistémico, es decir, aquéllos a los cuales se refieren los conceptos que he mencionado en esta serie de artículos.

Nuestra familia, por ejemplo, es una totalidad que puede ser vista como un sistema. Si la observamos detalladamente, nos daremos cuenta de que no solamente está formada por personas, sino que cada una de ellas está relacionada con todas las demás. Lo que haga, o deje de hacer, afecta al conjunto. De la misma manera, ella forma parte, junto con muchas otras familias e individuos, y junto con organizaciones de otra naturaleza, de un sistema más general que ella misma, la sociedad en la que vivimos.

Por otra parte, basta mirar la complejidad inherente a cada una de las personas de nuestra familia, para darnos cuenta de que la complejidad de la familia misma tiene que ser mucho mayor, pues no es una simple “suma” de complejidades; los vínculos interpersonales, las relaciones con otras familias y las necesidades materiales y espirituales de cada uno de sus miembros son difíciles de describir porque no tienen, realmente, ninguna expresión sencilla. Sin embargo, con el fin de estudiar un problema particular de la familia, podemos construir un modelo de ella, en el cual tomemos en consideración solamente los aspectos que consideremos estrictamente indispensables.

Supongamos, que el problema es decidir si debemos mudarnos o no, de la casa amplia y vieja donde habitamos a un apartamento nuevo, más pequeño, con la finalidad de que todos nos sintamos más a gusto en la nueva residencia y pasemos más tiempo juntos.

Para comenzar, pensemos en el número de personas que conforman el núcleo familiar: si no vemos que existan indicios de que ese número pueda variar en el futuro cercano, lo tomaríamos como una característica invariable de la familia, pero si, por el contrario, hay dos de los cinco hermanos que están planeando matrimonio y uno que piensa irse a trabajar a otra ciudad, deberíamos considerar al número de personas como una “variable de estado” del sistema, cuyo valor actual es ocho, incluyendo a los padres y a la abuelita. Si el valor de esa variable cambia, decimos que cambia el estado del sistema. La decisión de mudarse será acertada o no, de acuerdo con las variaciones que puedan preverse en el estado del sistema. Por supuesto, el número de personas no es, en este caso, la única variable importante. Continuaremos el análisis de este problema en el artículo siguiente.

Ramón V. Viggiani Quinatana
viggiani8@yahoo.com

Pensamiento Sistémico.
Octava y última parte

Al final de mi artículo anterior utilicé como ejemplo de pensamiento sistémico una situación referida a una cierta familia, compuesta por ocho personas, que estudiaba la posibilidad de mudarse de una casa a un apartamento. Les explicaba que para abordar este problema era posible construir un sistema modelo que incluyera solamente los aspectos directamente relacionados con la decisión que debía tomarse. El sistema modelo tiene que ser mucho más sencillo que el sistema real que representa: la familia misma, y probablemente tiene una utilidad restringida sólo al caso específico que nos ocupa. Podemos comparar este modelo con el de la historia médica de un cierto paciente que sirve para orientar a su médico tratante, pero que no serviría de mucho a su sastre o al banquero ante quien está tramitando un crédito.

Les decía que el número de personas que forman el núcleo familiar que vive en la misma residencia podría ser tratado como una característica invariable o “esencial” del modelo si no hubiese razón para sospechar la ocurrencia de cambios en el futuro cercano. Otras características esenciales podrían ser la naturaleza de los lazos afectivos entre los miembros de la familia y la personalidad de cada uno de ellos. Esas características se denominan “esenciales” porque en su conjunto describen la esencia del sistema, es decir, lo que el sistema “es”.

En el ejemplo, se supone que el número de personas podría disminuir si se concretan los planes del hijo que piensa mudarse a otra ciudad. También podría aumentar o disminuir con el matrimonio de las hijas. Lo anterior significa que el número de personas es una de las variables cuyos valores definen o describen el “estado del sistema”.

El estado del sistema también depende de los valores que tomen otras variables. Una manera sencilla de pensar sobre cuáles son las variables de estado (aquéllas cuyos valores describen el estado) es la de formularse preguntas sobre cómo, dónde y en qué forma está el sistema. Las respuestas a estas preguntas nos indican los valores de las variables del tipo de estado que nos interesa. Pasemos por un momento a otro ejemplo: Si un amigo nos pregunta específicamente cómo está nuestra salud, le contestaremos mencionando ciertas características de nuestro cuerpo que tienen que ver con nuestro estado de salud, como el valor de la presión arterial o la intensidad con la que sentimos acidez estomacal. Pero si nos pregunta cómo está nuestra situación financiera, le hablaremos de otro tipo muy diferente de índices: nuestro sueldo, las deudas que hemos adquirido, etcétera. Es decir, de acuerdo con lo que nos interese describir, escogemos ciertos datos o valores y despreciamos otros.

Las variables cuyos valores usamos para describir el estado forman, conjuntamente con las relaciones que existen entre ellas (las pastillas que tomo para controlar la tensión me producen acidez), el sistema modelo. Por eso es que decimos que el modelo es “el conjunto de las variables que interesan y de las relaciones que existen entre esas variables” y que “el conjunto de los valores de esas variables en un momento dado es la descripción del estado del sistema”. Cuando el pensamiento sistémico se aplica a problemas de naturaleza técnica, las relaciones entre las variables pueden tomar la forma matemática de “ecuaciones de estado”.

Volviendo al caso de la familia que piensa en mudarse, el lugar de residencia es una variable de estado de singular importancia. De hecho, al pensar de manera sistémica, nos preguntamos si el cambio de estado producido por el cambio de valor de la variable “lugar de residencia” es compatible con la finalidad del análisis, que era el lograr que la familia pasara más tiempo reunida (frecuencia y duración de las reuniones familiares), dentro del marco de lo que es el sistema y tomando en consideración los posibles valores de otras variables de estado cuya enumeración no haremos ahora por razones de espacio.

Otras variables, distintas a las variables de estado, son aquéllas cuyos valores describen la magnitud y calidad de los intercambios del sistema con su medio ambiente. Los recursos con los cuales la familia cuenta dependen, al menos en parte, de los ingresos y gastos, que son tipos de intercambios cuyo valor puede variar con el tiempo. Como es natural, los ingresos y gastos dependen a su vez del número de personas que vivan en la residencia y de algunas otras variables de estado. En general, en todos los sistemas humanos, los intercambios o flujos de materiales, energía e información que tengan lugar entre un sistema y su ambiente dependen de la naturaleza del sistema y del estado en que se encuentre.

Con estos comentarios doy por terminada esta serie sobre pensamiento sistémico, con el fin de referirme en los siguientes artículos otras herramientas del pensamiento cuya descripción me parece que podría resultar útil y a la vez interesante. Debo reiterar que el pensamiento sistémico incluye muchas facetas y tipos de análisis, como por ejemplo la entropía y la retroalimentación, que no he mencionado en esta serie por consideración con aquellos lectores que prefieren que el editorial de este semanario trate sobre temas diferentes. Como siempre, quedo a la orden en mi dirección electrónica, para sugerir lecturas complementarias, para contestar preguntas o, sencillamente, para recibir las opiniones y sugerencias que cualquier lector tenga la amabilidad de hacerme.

Ramón V. Viggiani Quintana
viggiani8@yahoo.com