Pensamiento Sistémico.
Primera Parte.
A lo largo de su historia y para enfrentar con éxito los múltiples retos que las circunstancias han impuesto a su supervivencia, el intelecto humano ha desarrollado una verdadera y muy bien dotada “caja de herramientas”.
En la vida ordinaria hacemos uso de esas herramientas casi sin darnos cuenta. Pero así como un ama de casa que desea clavar un clavo en la pared utiliza la primera herramienta que encuentra a la mano, un carpintero profesional, antes de ejecutar cualquier tarea selecciona cuidadosamente las herramientas más idóneas que usará para cumplir sus propósitos. De la misma manera, un pensador entrenado escoge deliberadamente de su caja de herramientas intelectuales aquéllas que le permitirán ejecutar su trabajo de una manera más eficaz y eficiente. Hoy deseo hablarles de una de las herramientas intelectuales más versátiles y poderosas, el pensamiento sistémico.
El adjetivo “sistémico” es un neologismo muy útil, derivado del sustantivo “sistema”, al cual, dentro de este contexto, le damos el sentido de “totalidad organizada”. Cuando hablamos de considerar un problema o situación desde el punto de vista sistémico, nos referimos a considerar una cierta estructura como un todo, en lugar de analizar, por separado, cada una de sus partes.
El cuerpo humano es para nosotros un sistema, por ejemplo, porque está formado por un conjunto de partes organizadas, pero igualmente podríamos definir una mano o el corazón como el sistema que nos interesa, pues ambos también están formados por partes organizadas, aunque en escalas distintas. En otras áreas de la actividad humana, la economía global de un país puede ser estudiada como en sistema, lo mismo que una granja, una empresa industrial, un comedor escolar o una familia.
A pesar de su parecido, no debemos confundir el significado del adjetivo “sistémico” con el del adjetivo “sistemático”. Éste último indica la cualidad de metódico, de organizado, y su sentido es más general que el del primero. El pensamiento sistémico es necesariamente sistemático, pero no todo procedimiento o enfoque sistemático es sistémico. Lo que pretendo decir es que existen otros métodos sistemáticos, no sistémicos, de abordar la solución de problemas o de enfrentar situaciones. El método analógico, sobre el cual les hablaré en otro artículo, por ejemplo, es uno de ellos.
Lo que caracteriza al método sistémico es la decisión de escoger y definir claramente el sistema que deseamos estudiar, de seleccionar también cuáles son las variables del sistema escogido que nos interesan - lo que implica hacer una simplificación del mismo - y de enfocar nuestra atención en los cambios que experimentan esas variables.
Cuando Pedro Pérez va a ver a su médico, éste llena o actualiza una hoja a la cual llama “historia médica”. La historia médica de Pedro es una descripción de las variables más importantes – a juicio del médico- del cuerpo de Pedro. Se convierte en un “modelo” de su cuerpo. Pedro queda representado, por así decirlo, por un conjunto de variables tales como su peso, su estatura, su tensión arterial, los índices de su química sanguínea y algunos otros más. Si el problema de Pedro es grave y su médico decide convocar a una junta de especialistas, presentará el caso con la historia en la mano, y probablemente dirá algo así como: “éste es el paciente que debemos estudiar”. La historia es el sistema modelo del cuerpo de Pedro.
Pero si Pedro visita a su sastre porque acostumbra hacerse trajes a la medida, el sastre le tomará una serie de medidas y llenará o actualizará otra clase muy distinta de “historia” del cuerpo de Pedro. Al sastre lo que le interesa, tal vez, sea la circunferencia del abdomen de su cliente, el ancho de su espalda y la longitud de sus piernas y brazos. El sistema original es el mismo, pero el modelo que lo representará en las discusiones del sastre con sus costureros será muy distinto al modelo que use el médico.
En mi próximo artículo les hablaré un poco más sobre la importancia de la selección de los modelos sistémicos, y abundaré sobre las variables y las etapas siguientes del método.
Ramón V. Viggiani Quintana
viggiani8@yahoo.com
Pensamiento Sistémico.
Segunda Parte
Vivimos inmersos en algo que llamamos “realidad”. En esa realidad, sabemos, todas las cosas están interrelacionadas; podemos decir que todo forma parte de algo: mi mano forma parte de mi cuerpo, mi cuerpo (junto con mi alma o mi mente) es parte de mi persona, que a su vez es parte de mi familia, que a su vez es parte de mi pueblo…y así sucesivamente. Las cosas y los acontecimientos se interrelacionan desde el ámbito de lo infinitamente pequeño hasta el de lo infinitamente grande. Los científicos que trabajan y divulgan la nueva ciencia llamada “Teoría del Caos” suelen hablar del “efecto mariposa” según el cual una mariposa batiendo sus alas en el océano Pacífico podría causar la aparición de un huracán en el Atlántico.
Sin embargo, en las situaciones prácticas o de la vida diaria, las relaciones causa – efecto son más cercanas y visibles. Aunque, teóricamente, una tormenta solar pudiera afectar la intensidad del campo magnético de la Tierra y ello, indirectamente, afectar el funcionamiento electroquímico de mi cerebro o el funcionamiento de mi computadora, lo último que tomaría en cuenta mi psiquiatra o el técnico que le hace mantenimiento a mi computadora, serían las tormentas solares. Es mucho más probable que otras causas más próximas sean las responsables de las consecuencias citadas.
Cuando hablamos de sistemas, es decir, de totalidades organizadas como una empresa o un automóvil, decimos que todo sistema forma parte de otro u otros, de mayor “jerarquía”. Igualmente decimos que todo sistema está formado por sistemas de menor jerarquía que la suya propia. Cuando escogemos un cierto sistema para pensar sobre él, llamamos “subsistemas” a las estructuras organizadas de menor jerarquía que lo conforman.
En la práctica, usamos el pensamiento sistémico para resolver problemas y para tomar decisiones. Lo primero que tenemos que hacer es, entonces, seleccionar y definir con claridad cuál es, exactamente, el sistema que nos interesa. Si podemos hacerlo con suficiente precisión, simultáneamente habremos descartado todo lo que no nos interesa por el momento. Esta discriminación nos ayuda a concentrarnos en lo más importante. A partir de ese momento fijamos nuestra atención sólo en el sistema que hemos escogido.
Al seleccionar el sistema que queremos estudiar, prestamos atención a sus características observables. Pero la realidad es compleja y en cualquier parte de ella, por pequeña que sea, podemos observar innumerables características. Afortunadamente, no todas nos interesan al mismo tiempo. Podemos entonces, haciendo lo que llamamos una “abstracción”, seleccionar solamente algunas de las características del objeto o situación real para crear un sistema menos complejo o sistema modelo, que represente al sistema real. Este sistema modelo debe ser, a la vez, suficientemente sencillo para poder trabajar con él y suficientemente parecido al sistema real para que las conclusiones finales del estudio sean trasladables y aplicables a éste.
Tomando en cuenta estos requisitos, y debido a que en el mundo real todas las cosas se relacionan, debemos observar con cuáles otros sistemas se relaciona el que hemos escogido, para ver si los cambios que se produzcan en esos otros sistemas influyen o no, de manera significativa, sobre él. Recíprocamente, también debemos observar y definir cuáles sistemas se ven afectados de forma importante por los cambios que puedan ocurrir en el sistema que estamos estudiando.
Al conjunto de todos esos sistemas, que son diferentes al sistema escogido, pero que al relacionarse con éste influyen en él o reciben su influencia, lo llamaremos “ambiente del sistema”.
Para un médico que estudie mi cuerpo y, digamos, específicamente mi sistema respiratorio, el ambiente del sistema estaría probablemente formado por un conjunto de características del aire que respiro y no, por ejemplo, por el número de computadoras que hay en mi oficina ni por la marca del televisor que hay en la sala de mi casa. Todas esas cosas existen y de alguna manera se relacionan con mi cuerpo, pero es muy improbable que un cambio en ellas modifique el estado de mis bronquios o de mis pulmones.
En mi próximos artículos, les hablaré un poco más sobre los cambios que pueden ocurrir en los sistemas y sobre cómo pueden ser las influencias recíprocas entre un sistema y su ambiente.
Ramón V. Viggiani Quintana
viggiani8@yahoo.com
Pensamiento Sistémico.
Tercera parte
Les comentaba en mi artículo pasado, que cuando un pensador define un sistema para estudiarlo, es decir, para concentrar su atención en él, simultáneamente define lo que no es el sistema. Dentro de lo no es el sistema, sin embargo, hay partes de la realidad que el pensador debe observar también constantemente, pues se relacionan de manera importante con el sistema escogido. Estas partes, estructuras o subsistemas con las cuales el sistema se relaciona de manera significativa constituyen lo que se denomina “ambiente del sistema”.
En la práctica, también el ambiente del sistema es una simplificación de la realidad. Si un ingeniero, por ejemplo, estudia el funcionamiento del sistema de aire acondicionado de un teatro, tomará como ambiente ciertas características interiores de la sala, como su volumen, la intensidad de la iluminación y el número de personas que puede alojar, y otras externas, como la temperatura y la humedad del aire en las cercanías del teatro. Otras características observables, como podrían ser el peso del escenario y el diámetro de las columnas que sostienen el techo, no serían tomadas en cuenta, es decir, no serían incluidas por el ingeniero dentro del ambiente del sistema que está estudiando.
Algunas veces, el pensador (a quién llamaré, a partir de este momento: “el analista”) decide explorar lo que le interesa escogiendo como modelo un sistema que no se relaciona con ningún otro sistema. Decimos entonces que ha creado el modelo de un sistema “aislado”. Los sistemas aislados representan la realidad de modo muy precario, pues las interrelaciones entre sistemas siempre están presentes en ella. Sin embargo, algunas veces, estos modelos son útiles en ciertos casos. Un analista podría preguntarse, por ejemplo, qué pasaría si su país no pudiera relacionarse comercialmente con otros países o qué sucedería en la mente de un presidiario confinado en solitario. También en problemas propios de la Física o de la Química, puede resultar de interés estudiar la evolución de sistemas aislados.
En la vida diaria, los analistas escogen, por lo general, modelos según los cuales los sistemas principales se comunican con sus respectivos ambientes, es decir se consideran “sistemas abiertos”. La descripción de un sistema debe, en principio, incluir su delimitación, es decir, establecer claramente una “frontera” que permita saber donde termina el sistema y donde comienza su ambiente. Esto es importante, porque las relaciones entre los sistemas no son otra cosa que intercambios –importaciones y exportaciones- que ocurren a través de sus fronteras y conviene saber la forma, el lugar y el momento en los cuales ocurren esos intercambios.
Los intercambios que ocurren a través de la frontera de un sistema pueden ser de materia, energía o información. Mientras que para los analistas que estudian sistemas puramente materiales o mecánicos, como el motor de un automóvil o un depósito de gas metano –por ejemplo- los intercambios de materia y de energía con sus ambientes son fundamentales, para quienes estudian sistemas que incluyen a seres humanos entre sus componentes –como empresas, escuelas, familias y sociedades- los intercambios más frecuentes e importantes suelen ser los intercambios de información.
Los sistemas que incluyen personas entre sus componentes, constituyen una importante clase, denominada “sistemas humanos”. En general, estos sistemas, también incluyen partes o subsistemas materiales.
La definición de la frontera de un sistema físico suele ser relativamente fácil. No ocurre así con los sistemas humanos, en los cuales la tarea es a veces tan ardua, que el analista prefiere renunciar a su descripción conceptual (con palabras) y conformarse con referencias menos precisas. Esto puede ocurrir, por ejemplo, cuando se estudia un sistema humano tan complejo como una universidad, definida por la ley como “una comunidad de intereses espirituales entre profesores y estudiantes”.
Un punto de singular importancia para el analista es el que se relaciona con los fines del sistema. Ciertos sistemas reales, como los que estudia la astronomía, no tienen fines observables. Otros, como los ecosistemas, las agrupaciones zoológicas organizadas y algunas sociedades humanas, parecen tener como única finalidad su propia supervivencia. Un tercer tipo, al cual restringiré mis comentarios de aquí en adelante, tiene una finalidad determinada que trasciende a su propia existencia. Se trata de sistemas artificiales, creados “para algo”. Estos sistemas se denominan “teleológicos”.
Los sistemas teleológicos persiguen uno o varios objetivos. Para satisfacerlos, regulan sus intercambios con el ambiente y procuran cambiar de manera progresiva y ordenada, buscando el estado que les permita lograr sus propósitos de la mejor manera posible. Para ello, requieren ser administrados. Las estructuras de administración –planificadoras, ejecutivas, organizadoras y de control – son subsistemas necesarios en los sistemas teleológicos. (Continuará)
Ramón V. Viggiani Quintana
viggiani8@yahoo.com
Pensamiento Sistémico.
Cuarta Parte
Les decía, en mi artículo pasado, que los sistemas pueden clasificarse, de acuerdo con la presencia o no de objetivos observables en ellos, en teleológicos y no-teleológicos. Como suele ocurrir con todas las clasificaciones que hace el hombre en su intento por simplificar la inmensa complejidad del universo en que vive, esta no es, ciertamente, una clasificación perfecta. En efecto, aún cuando cumple los requisitos lógicos para serlo, algunas veces nos resulta difícil saber –sin entrar en una polémica filosófica- si el sistema que nos interesa tiene o no tiene objetivos.
Cuando pensamos en sistemas artificiales, es decir, construidos por el hombre, sabemos que corresponden a un diseño previo y que el diseñador plasma su idea deseando satisfacer ciertos objetivos. Las leyes de un país, por ejemplo, constituyen (o deberían constituir) una estructura organizada, cada una de cuyas partes ha sido diseñada para satisfacer una necesidad real de la comunidad. También una novela integra el diseño de situaciones, personajes y formas narrativas con una cierta finalidad que, según el deseo de su autor, podría ser recreativa, estética, educativa, ideológica o de alguna otra naturaleza. Algo parecido, en cuanto a que son producto de un diseño, diríamos del motor de una avioneta, de una lata de refresco o de un electrocardiógrafo. Por esta razón, identificamos, en principio, la clase de los sistemas teleológicos con la de los sistemas artificiales.
Sin embargo, cuando pensamos en ciertos sistemas naturales, como el sistema circulatorio de un mamífero –por ejemplo- solemos adscribirles ciertos objetivos. Decimos que estos sistemas han sido “diseñados” para cumplir una cierta función. Pero, ¿Quién los diseñó? , ¿Cómo fue el proceso de diseño? Naturalmente, tratar de contestar esas preguntas –las grandes interrogantes del hombre a lo largo de su historia- me conduciría irremisiblemente al campo de la Filosofía, donde no deseo entrar ahora por temor de no poder regresar luego con facilidad al tema que estoy tratando.
A pesar de este temor, me parece que conviene hacer una observación sobre algo que, en cierta forma, une a los científicos religiosos con los que no lo son, cuando tratan con estos sistemas en la vida ordinaria. A lo que me refiero es a que dónde los creyentes colocan a Dios, con sus atributos, su sabiduría y sus designios, los ateos colocan a la Naturaleza, el azar y las leyes de la evolución natural. De allí en adelante, las expresiones son muy similares. Yo tengo un buen amigo, excelente científico, que dice ser absolutamente ateo. Sin embargo, cuando habla de ciertos sistemas naturales, suele decir cosas como: “…la Naturaleza (o la evolución natural) es tan sabia que ha diseñado el sistema circulatorio de manera prácticamente perfecta…”. Al calificar a la Naturaleza como “sabia”, se refiere a ella como si fuese una persona, quiero decir: como si fuese un ente racional, que diseñase las cosas de acuerdo con sus pensamientos y deseos.
Este proceso, que consiste en asignar características personales a la Naturaleza o a otras estructuras supuestamente irracionales como las colmenas de abejas o los órganos del cuerpo, se conoce como “reificación” (anglicismo por “reification”) y resuelve muchas veces –aunque no siempre- el problema del estudio de los objetivos de los sistemas naturales, al permitir que éstos sean tratados como sistemas teleológicos.
Normalmente, cuando un ser humano interviene en la manipulación de un sistema natural, lo hace para ayudarlo a satisfacer lo que supone que sean sus objetivos. Un médico, que realiza una operación de corazón abierto, trabaja con la intención de ayudar a que el sistema circulatorio cumpla satisfactoriamente sus objetivos, es decir, aquello para lo cual “fue diseñado”. Al menos en términos prácticos, ésta es una manera conveniente de hablar. Para saber si ha tenido éxito, el analista (en este caso, el médico) revisa luego cuidadosamente la evolución de los valores de las variables con las cuales ha construido su sistema modelo. Podría, digamos, observar los valores de la tensión arterial, del ritmo cardíaco y de otros índices que considere significativos. Todos estos índices o variables –que se correlacionan- tienen valores óptimos de referencia. Cuando el médico se esfuerza en lograr que el sistema sobre el que trabaja alcance su estado óptimo, subordina (o asimila) sus fines personales a los fines del sistema.
Los fines de una empresa comercial están directamente relacionados con los que sus dueños y administradores hayan definido como su “misión” y su “visión”. Sobre el significado preciso de estos términos abundaremos más adelante. Baste, por ahora, recordar un principio básico del Pensamiento Sistémico: “Todo sistema es un subsistema de otro más general, del cual forma parte como un subsistema”. Siguiendo este principio, no podemos dejar de observar que los fines de los subsistemas componentes y los del sistema que los integra tienen que estar en armonía. Si en una empresa, los fines del subsistema planificador fuesen –o llegasen a ser- contrapuestos a los del subsistema ejecutor, la administración del sistema, y el sistema mismo, pronto entrarían en un proceso de deterioro estructural y su desaparición sería sólo cuestión de tiempo.
Ramón V. Viggiani Quintana
viggiani8@yahoo.com
Pensamiento Sistémico.
Quinta Parte
El término “analista de sistemas” se usa comúnmente para hacer referencia a las personas cuyo oficio se vincula con un determinado tipo de sistemas, relacionados con la informática o la computación. Sin embargo, en un sentido más amplio, bien pudiéramos usar el término para referirnos a las personas que piensan sobre cualquier objeto o situación utilizando el método sistémico. Un cardiólogo es un analista especializado en pensar sobre el sistema circulatorio y un economista petrolero también lo es, en su área de trabajo.
La gerencia de empresas es un campo donde el pensamiento sistémico es especialmente importante. El gerente (o analista) piensa en la empresa como un conjunto de componentes organizados para cumplir una misión determinada, es decir: como un sistema humano teleológico cuyos fines deben ser explícitos, al menos para él mismo, para los trabajadores y para los accionistas o dueños; aunque normalmente conviene que todos los sistemas que forman el ambiente de la empresa (proveedores, clientes, etc.) los conozcan también con claridad. Los fines de las empresas públicas deben ser explícitos para todos los ciudadanos.
La claridad en los fines evita las expectativas falsas y las desilusiones consecuentes. Una empresa estatal podría tener como misión el proveer de energía eléctrica, a precios razonables, a un cierto segmento de la población de un país. Pero si no se aclara bien al público cuál es el significado de la expresión “precios razonables” (en términos de comparación porcentual con los precios promedio mundiales, con el ingreso promedio por persona o con cualquier otro índice significativo) y cuál es exactamente el segmento de la población al que la empresa se compromete a servir, muchos ciudadanos podrían confundirse. Si la gente se crea expectativas falsas con relación a los parámetros anteriores o a otros índices tales como el nivel de sueldos que paga la empresa, el número de trabajadores que debe emplear o el nivel de sus ganancias monetarias, la administración de la empresa será percibida como ineficaz o ineficiente, a pesar de que logre satisfacer sus verdaderos fines y cumpla con la misión para la cual fue creada.
En las empresas privadas, el lucro, por medios legítimos, suele ser una parte importante de la misión. Esto resulta tan obvio, que la mayoría de las empresas no lo incluye expresamente cuando declara cuál es su misión. Pero, como es natural, si los accionistas o los trabajadores de la empresa no están bien informados sobre la manera como se pretende que se materialice el lucro, las relaciones entre ellos pueden deteriorarse, generando desorden y otras consecuencias todavía peores.
Lo anterior ocurre con frecuencia en las llamadas “empresas familiares” que comienzan siendo microscópicas y llegan, con el tiempo, a alcanzar dimensiones considerables. Si, por ejemplo, los administradores de una empresa piensan que la misión de ésta incluye la provisión de negociaciones jugosas o de empleos bien remunerados que privilegian a ciertos accionistas o a sus parientes y amigos, a expensas de la rentabilidad de la empresa como tal, caerán inevitablemente en una distribución injusta del lucro, con la consecuente creación de discordia. Esta práctica, por supuesto, afectaría también a los trabajadores comunes y hasta podría, eventualmente, causar conflictos legales y sindicales.
No quiero decir con esto que un grupo de personas no pueda o no deba organizar una empresa con el único fin de que la misma garantice un empleo bien remunerado a cada participante o accionista. De hecho, si utilizamos ciertas herramientas del pensamiento (extremo y analógico), podríamos considerar que un profesional en libre ejercicio es algo muy parecido a una empresa en la cual el dueño es el único empleado. En casos menos extremos, varios hermanos podrían unir sus capitales para organizar una empresa donde ellos mismos fuesen los trabajadores y un grupo de vecinos podría organizar una cooperativa para explotar sus propias habilidades. En estas situaciones, aunque la “empresa” no produjera dividendos, sino que simplemente sobreviviese, los dueños-trabajadores se beneficiarían disfrutando de un sueldo. No hay nada malo, injusto o ilegal en estas organizaciones, siempre y cuando todos los que aportan trabajo o capital sepan con claridad meridiana, en cada caso, cuál es la misión del sistema y la acepten de buen grado.
Me he referido en este artículo a la misión de las empresas por dos razones importantes: una, porque creo que las estructuras empresariales son buenos ejemplos del uso que puede hacerse del pensamiento sistémico, y la otra, porque observando el funcionamiento de las empresas es fácil darse cuenta de la necesidad de que se establezcan con claridad los fines que se persiguen. En mi próximo artículo hablaré un poco más sobre esto y también sobre la importancia de tener una “visión” del futuro de una empresa. Posteriormente me referiré, para generalizar las ideas que aquí expongo, a estructuras cuya naturaleza es distinta de la que comparten los sistemas empresariales.
Ramón V. Viggiani Quintana
viggiani8@yahoo.com
Pensamiento Sistémico.
Sexta Parte
Les comentaba en mi artículo anterior sobre la importancia que tiene para el analista conocer con claridad y precisión los fines del sistema que analiza. Bien sea que forme parte del sistema, como es el caso del administrador de una empresa, o que actúe desde fuera, como en el caso de los contralores o evaluadores externos, el conocer la misión del sistema es imprescindible para el analista.
El administrador de una empresa, debe tomar constantemente acciones que modifiquen o mantengan el estado de la estructura, para que ésta cumpla sus objetivos de la mejor manera posible. El evaluador, por su parte, tiene que observar los resultados de esas acciones y su consistencia con los fines del sistema.
Pero las empresas suelen ser estructuras humanas muy complejas, donde se conjuga un sinnúmero de elementos de naturaleza diversa y de difícil observación. Para hacer su trabajo, entonces, los buenos analistas logran construir modelos sencillos que representan realidad con suficiente aproximación. Estos modelos se parecen a los boletines o reportes de notas de los estudiantes. Cuando en estos últimos se observa que varias asignaturas están aplazadas, se concluye que el alumno ha perdido o está a punto de perder su rumbo y que el cumplimiento de sus objetivos está en peligro. La realidad del alumno, las circunstancias que puede estar viviendo y sus relaciones con los otros actores que participan en el proceso enseñanza-aprendizaje son, definitivamente, mucho más complejas que lo que puede informar la lectura del boletín de notas; sin embargo, no hay duda de que éste ofrece información básica sobre lo que está ocurriendo y permite la toma de decisiones preliminares, inclusive la decisión de buscar mayor información.
En las empresas, los “boletines de calificaciones” son los informes que indican el “estado” de la estructura en un momento dado. Estos informes son, por lo regular, de naturaleza contable o financiera, pero también pueden incluir índices que hagan referencia a los niveles de satisfacción laboral, al grado de desorden estructural o a cualquier otra variable que se considere importante de acuerdo con la misión de la empresa.
En una secuencia de informes de este tipo, pueden observarse lo que se denominan “procesos” o “transformaciones”. Cuando el analista observa un grupo de informes, ordenado cronológicamente, puede descubrir cambios en algunas variables. Puede observar también las características de esos cambios, sus magnitudes, regularidades y frecuencias. Además, puede descubrir vinculaciones entre las variables del modelo que utiliza. Por ejemplo, una tendencia al aumento de los ingresos brutos podría estar vinculada con una tendencia, más pronunciada, hacia el aumento de los costos – con la consecuente disminución del beneficio neto - o a una tendencia al aumento del índice de conflictividad laboral que presagie problemas en el futuro cercano.
Por otra parte, el cambio progresivo de los ingresos brutos y de los costos de operación significa que están ocurriendo variaciones en las condiciones de intercambio de bienes materiales, servicios e información entre el sistema y su ambiente. El pensamiento sistémico tiene que enfocarse entonces hacia el estudio de esas variaciones, precisar sus causas y sus alcances, y determinar cómo y hasta dónde puede el sistema hacer uso de sus recursos humanos y materiales para modificar las condiciones de intercambio (precios, financiamiento, plazos de entrega, volumen de venta, calidad de los insumos y productos, etcétera) en la dirección que más convenga.
Otro aspecto que deseo mencionar, antes de abandonar este ejemplo empresarial que he utilizado para ilustrar los conceptos de administración, modelo, variables, estados, procesos y recursos en los sistemas teleológicos, y de los intercambios entre éstos y sus ambientes, es el concepto de visión.
La misión de una empresa, como mencioné anteriormente, tiene que restringirse a las circunstancias del momento que vive. La empresa pública de generación de energía que utilicé como ejemplo en mi artículo anterior, tenía como misión el ofrecer servicios de electricidad a una cierta región del país a precios no mayores de un cierto límite. Pero los alcances de esa misión pueden variar con el tiempo. Es posible que sus fundadores hubieran pensado que dar servicio local a una parte del país era sólo un primer paso, el paso que los recursos disponibles le permitían acometer. Mas, en el futuro, “ven” a la empresa, dotada de recursos tecnológicos y financieros mucho mayores, prestando servicios a nivel nacional o internacional.
La visión empresarial, a muy largo plazo, es parecida a un sueño, a una esperanza. Contiene rasgos ambiguos, que solamente se pueden precisar dentro de algún escenario hipotético. A corto y mediano plazo, sin embargo, más que una ensoñación del futuro, es el norte concreto de la administración presente, y por tanto influye de manera sustantiva en sus decisiones.
Ramón V. Viggiani Quintana
viggiani8@yahoo.com
Pensamiento Sistémico.
Séptima Parte
El pensamiento sístémico es, sin duda, una de las herramientas más poderosas de la mente humana. Una de sus características más importantes, a mi juicio, es que cualquier persona, aún sin haber recibido un entrenamiento especial, puede utilizarla con éxito en ciertas situaciones. Es tan natural, además, que muchas veces se utiliza sin que quién lo haga sepa, necesariamente, cuál es el nombre que utilizan los especialistas para denominarla.
Quienes se interesan en el uso deliberado y consciente del pensamiento sistémico, encuentran que siempre es posible aprender un poco más sobre esta herramienta; por supuesto, para alcanzar niveles mayores de comprensión se requieren esfuerzos mayores de generalización y de abstracción. El dominio de algunas áreas de aplicación del pensamiento sistémico, tales como la Teoría de Control, la Investigación de Operaciones, la Teoría Matemática de la Comunicación y, obviamente, la propia Teoría General de Sistemas, exige profundidad y dedicación. Hoy en día, los buenos filósofos manejan con fluidez los conceptos sistémicos; lo mismo ocurre con los profesionales de muchas otras disciplinas: ingenieros, biólogos, ecologistas, médicos, sociólogos, psiquiatras, e innumerables etcéteras.
El caso es que la Ciencia ha descubierto que el propio conocimiento humano es un sistema, es decir, que sus componentes, los conocimientos propios de las ciencias o disciplinas específicas, constituyen una totalidad organizada e interrelacionada. En los centros de investigación y desarrollo, a lo largo y ancho del mundo, se integran equipos interdisciplinarios de la más variada conformación. Así como en la emergencia de un hospital un paciente puede ser tratado a la vez por un equipo de médicos de especialidades diferentes, es frecuente también que para atacar otras clases de problemas complejos deban integrarse otros tipos de especialistas: observamos psiquiatras que trabajan codo a codo con matemáticos, a ingenieros trabajando con biólogos y sociólogos, y a físicos, químicos y antropólogos que coordinan sus esfuerzos en procura de un mismo fin.
El reconocimiento de la “sistemidad” del conocimiento, no implica desconocer la necesidad de la educación especializada, sino que hace evidente el carácter del pensamiento sistémico como herramienta fundamental para lograr la productividad óptima de los equipos humanos de trabajo.
Naturalmente, en el espacio que nos ofrece este semanario es imposible abundar en mayores detalles. Mi propósito, al tratar este tema, es sólo el de presentarlo al lector como un método de pensar sobre el cual podría hallar mayor información en otras fuentes. Sin embargo, como dije al principio, existen muchas situaciones ordinarias, de la vida corriente, que pueden ser abordadas, utilizando solamente los principios básicos del pensamiento sistémico, es decir, aquéllos a los cuales se refieren los conceptos que he mencionado en esta serie de artículos.
Nuestra familia, por ejemplo, es una totalidad que puede ser vista como un sistema. Si la observamos detalladamente, nos daremos cuenta de que no solamente está formada por personas, sino que cada una de ellas está relacionada con todas las demás. Lo que haga, o deje de hacer, afecta al conjunto. De la misma manera, ella forma parte, junto con muchas otras familias e individuos, y junto con organizaciones de otra naturaleza, de un sistema más general que ella misma, la sociedad en la que vivimos.
Por otra parte, basta mirar la complejidad inherente a cada una de las personas de nuestra familia, para darnos cuenta de que la complejidad de la familia misma tiene que ser mucho mayor, pues no es una simple “suma” de complejidades; los vínculos interpersonales, las relaciones con otras familias y las necesidades materiales y espirituales de cada uno de sus miembros son difíciles de describir porque no tienen, realmente, ninguna expresión sencilla. Sin embargo, con el fin de estudiar un problema particular de la familia, podemos construir un modelo de ella, en el cual tomemos en consideración solamente los aspectos que consideremos estrictamente indispensables.
Supongamos, que el problema es decidir si debemos mudarnos o no, de la casa amplia y vieja donde habitamos a un apartamento nuevo, más pequeño, con la finalidad de que todos nos sintamos más a gusto en la nueva residencia y pasemos más tiempo juntos.
Para comenzar, pensemos en el número de personas que conforman el núcleo familiar: si no vemos que existan indicios de que ese número pueda variar en el futuro cercano, lo tomaríamos como una característica invariable de la familia, pero si, por el contrario, hay dos de los cinco hermanos que están planeando matrimonio y uno que piensa irse a trabajar a otra ciudad, deberíamos considerar al número de personas como una “variable de estado” del sistema, cuyo valor actual es ocho, incluyendo a los padres y a la abuelita. Si el valor de esa variable cambia, decimos que cambia el estado del sistema. La decisión de mudarse será acertada o no, de acuerdo con las variaciones que puedan preverse en el estado del sistema. Por supuesto, el número de personas no es, en este caso, la única variable importante. Continuaremos el análisis de este problema en el artículo siguiente.
Ramón V. Viggiani Quinatana
viggiani8@yahoo.com
Pensamiento Sistémico.
Octava y última parte
Al final de mi artículo anterior utilicé como ejemplo de pensamiento sistémico una situación referida a una cierta familia, compuesta por ocho personas, que estudiaba la posibilidad de mudarse de una casa a un apartamento. Les explicaba que para abordar este problema era posible construir un sistema modelo que incluyera solamente los aspectos directamente relacionados con la decisión que debía tomarse. El sistema modelo tiene que ser mucho más sencillo que el sistema real que representa: la familia misma, y probablemente tiene una utilidad restringida sólo al caso específico que nos ocupa. Podemos comparar este modelo con el de la historia médica de un cierto paciente que sirve para orientar a su médico tratante, pero que no serviría de mucho a su sastre o al banquero ante quien está tramitando un crédito.
Les decía que el número de personas que forman el núcleo familiar que vive en la misma residencia podría ser tratado como una característica invariable o “esencial” del modelo si no hubiese razón para sospechar la ocurrencia de cambios en el futuro cercano. Otras características esenciales podrían ser la naturaleza de los lazos afectivos entre los miembros de la familia y la personalidad de cada uno de ellos. Esas características se denominan “esenciales” porque en su conjunto describen la esencia del sistema, es decir, lo que el sistema “es”.
En el ejemplo, se supone que el número de personas podría disminuir si se concretan los planes del hijo que piensa mudarse a otra ciudad. También podría aumentar o disminuir con el matrimonio de las hijas. Lo anterior significa que el número de personas es una de las variables cuyos valores definen o describen el “estado del sistema”.
El estado del sistema también depende de los valores que tomen otras variables. Una manera sencilla de pensar sobre cuáles son las variables de estado (aquéllas cuyos valores describen el estado) es la de formularse preguntas sobre cómo, dónde y en qué forma está el sistema. Las respuestas a estas preguntas nos indican los valores de las variables del tipo de estado que nos interesa. Pasemos por un momento a otro ejemplo: Si un amigo nos pregunta específicamente cómo está nuestra salud, le contestaremos mencionando ciertas características de nuestro cuerpo que tienen que ver con nuestro estado de salud, como el valor de la presión arterial o la intensidad con la que sentimos acidez estomacal. Pero si nos pregunta cómo está nuestra situación financiera, le hablaremos de otro tipo muy diferente de índices: nuestro sueldo, las deudas que hemos adquirido, etcétera. Es decir, de acuerdo con lo que nos interese describir, escogemos ciertos datos o valores y despreciamos otros.
Las variables cuyos valores usamos para describir el estado forman, conjuntamente con las relaciones que existen entre ellas (las pastillas que tomo para controlar la tensión me producen acidez), el sistema modelo. Por eso es que decimos que el modelo es “el conjunto de las variables que interesan y de las relaciones que existen entre esas variables” y que “el conjunto de los valores de esas variables en un momento dado es la descripción del estado del sistema”. Cuando el pensamiento sistémico se aplica a problemas de naturaleza técnica, las relaciones entre las variables pueden tomar la forma matemática de “ecuaciones de estado”.
Volviendo al caso de la familia que piensa en mudarse, el lugar de residencia es una variable de estado de singular importancia. De hecho, al pensar de manera sistémica, nos preguntamos si el cambio de estado producido por el cambio de valor de la variable “lugar de residencia” es compatible con la finalidad del análisis, que era el lograr que la familia pasara más tiempo reunida (frecuencia y duración de las reuniones familiares), dentro del marco de lo que es el sistema y tomando en consideración los posibles valores de otras variables de estado cuya enumeración no haremos ahora por razones de espacio.
Otras variables, distintas a las variables de estado, son aquéllas cuyos valores describen la magnitud y calidad de los intercambios del sistema con su medio ambiente. Los recursos con los cuales la familia cuenta dependen, al menos en parte, de los ingresos y gastos, que son tipos de intercambios cuyo valor puede variar con el tiempo. Como es natural, los ingresos y gastos dependen a su vez del número de personas que vivan en la residencia y de algunas otras variables de estado. En general, en todos los sistemas humanos, los intercambios o flujos de materiales, energía e información que tengan lugar entre un sistema y su ambiente dependen de la naturaleza del sistema y del estado en que se encuentre.
Con estos comentarios doy por terminada esta serie sobre pensamiento sistémico, con el fin de referirme en los siguientes artículos otras herramientas del pensamiento cuya descripción me parece que podría resultar útil y a la vez interesante. Debo reiterar que el pensamiento sistémico incluye muchas facetas y tipos de análisis, como por ejemplo la entropía y la retroalimentación, que no he mencionado en esta serie por consideración con aquellos lectores que prefieren que el editorial de este semanario trate sobre temas diferentes. Como siempre, quedo a la orden en mi dirección electrónica, para sugerir lecturas complementarias, para contestar preguntas o, sencillamente, para recibir las opiniones y sugerencias que cualquier lector tenga la amabilidad de hacerme.
Ramón V. Viggiani Quintana
viggiani8@yahoo.com
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