HERRAMIENTAS DEL PENSAMIENTO
PENSAMIENTO ANALÓGICO
Segunda y última parte
Les decía en mi artículo anterior que usamos el pensamiento analógico
cuando nos proponemos observar las semejanzas y las diferencias entre objetos o
situaciones con el fin de sacar conclusiones que se refieran, no a cada uno de
ellos individualmente, sino a clases, categorías o grupos de ellos.
Supongamos que deseo comprar un automóvil usado y que, para aumentar la
probabilidad de hacer una adquisición satisfactoria, hago una encuesta entre
mis amigos y conocidos, preguntándoles sobre las características de los
vehículos que usan. Las personas encuestadas me dan información técnica sobre
sus respectivos automóviles, una relación de las fallas más frecuentes que han
encontrado en ellos y de la disponibilidad y el costo del servicio mecánico,
tanto de la mano de obra como de los repuestos.
Para analizar los datos que he recibido, que
son muchos, lo más natural es que los organice por categorías. Podría comenzar
agrupando los datos en tres clases o categorías, según correspondan a
automóviles europeos, americanos o asiáticos. Si yo, por ejemplo, le doy mucha
importancia a la disponibilidad y al costo de los repuestos, y encuentro que,
según ese criterio, la clase “vehículos americanos” resulta más ventajosa que
las otras, selecciono esa clase y de allí en adelante concentro mi atención en
ella.
Para hacer una segunda aproximación, podría
dividir la clase seleccionada de acuerdo con algún criterio. Éste pudiera ser,
digamos, la marca. Encuentro entonces que tengo datos disponibles de tres
marcas distintas, la “A”, la “B” y la “C”, pero no hallo diferencias
significativas en cuanto a mi criterio principal de selección entre las marcas
A y B, aunque sí me doy cuenta de que los repuestos de esas marcas son más
abundantes en el mercado y se venden a mejores precios que los de la marca C.
Entonces uno las subclases A y B en una sola que llamo “AB” y la escojo como
centro de mi atención para utilizar otro criterio de selección.
Digamos que, después de considerar los
repuestos, el criterio más importante para mí sea el consumo de gasolina.
Divido entonces la clase escogida en tres grupos, la de los modelos anteriores
al año 2000, la de los que corresponden al período 2000-2005 y la de los
modelos de años posteriores a 2005. Podría entonces darme cuenta de que la subclase “modelos anteriores a 2000” se
“parece” más, en cuanto al criterio primario de los repuestos, a las clases ya
descartadas de los vehículos asiáticos y europeos que a las otras subclases de
modelos americanos. Por ello, la descarto inmediatamente. Si no encuentro
diferencias apreciables entre los otros dos grupos en relación con los
repuestos, me fijo si existe alguna diferencia en el consumo de gasolina. Para
abreviar, digamos que encuentro una ligera diferencia a favor de los modelos
más recientes, no tan grande, a mi juicio, como para hacer una selección
definitiva. Recurro entonces a otros criterios, tales como la potencia del
motor, al tipo de trasmisión o a las características del sistema de frenos.
Al final del análisis, sabría que clase de
automóvil deseo comprar, por ejemplo: Un automóvil sedán, Ford o Chevrolet,
modelo 2000 o más reciente, cuya potencia no sea menor de 125 hp.
Por supuesto, no me basta con saber cuál es
la clase de automóvil que deseo, también tengo que saber cuánto puedo pagar por
él. Si solamente dispongo de una cierta cantidad de bolívares, tendré que
investigar en el mercado de autos usados para saber si existe compatibilidad
entre mis deseos y mi capacidad adquisitiva, y si tal compatibilidad no es
posible, deberé optar por esperar algún tiempo o reducir mis aspiraciones.
El proceso de selección que he descrito en el
ejemplo anterior corresponde, en términos generales, con el que haría una
computadora programada para esa tarea. Algo similar hacen los programas que
ayudan al usuario a tomar decisiones gerenciales o los programas que toman sus
propias decisiones, como los que juegan ajedrez. Rara vez, el ser humano toma
decisiones de una manera tan fría y calculadora. Aún en el caso, aparentemente objetivo
y material como aparenta ser la compra de un automóvil usado, las personas
utilizan criterios de selección emocionales y muchas veces inconscientes: “me
gustaría tener un carro como el de mi hermano, para parecerme a él, aunque
gaste un poco más de lo que razonablemente debería gastar”. Sin embargo el
pensamiento analógico siempre está presente: ¿por qué este auto se parece más
al de mi hermano que ese otro?
Por otra parte, parece claro que cualquier
decisión que se tome resulta más acertada en la medida en que consideramos más
datos y dedicamos mayor esfuerzo a analizar la confiabilidad y la relación de
pertinencia de esos datos con el objetivo perseguido. Los programas comerciales
de ajedrez, por ejemplo, analizan una cierta cantidad de jugadas posibles por
segundo antes de hacer cada movimiento, de acuerdo con ciertos criterios que
les permiten otorgar un “valor” a cada posición de sus piezas (y las de su
oponente) en el tablero. Cuando el usuario los utiliza en el nivel “de novato”,
lo que hace es permitirle muy poco tiempo al programa para evaluar
posibilidades, de modo que resulta muy fácil ganarles la partida. Si, en
cambio, las programa en el nivel de “maestro”, ocurre todo lo contrario.
Estoy pensando ahora, por cierto, en una
analogía entre el juego de ajedrez y la vida misma. Esta es una analogía muy
fecunda, sobre la cual pienso hablar en otro artículo. Ahora, solamente me
gustaría terminar estas líneas invitando al lector a reflexionar sobre cuál
sería el nivel (novato, aficionado, experto, maestro) en que se programaría a
sí mismo si tuviese que tomar decisiones de importancia variable: escoger una
profesión, casarse, comprar un automóvil, seleccionar una película…
Ramón V. Viggiani Quintana
viggiani8@gmail.com

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