EL AJEDREZ DE LA VIDA
Considero al ajedrez tan rico en aspectos y facetas que bien
pudiera decirse que tiene un poco de
deporte, un poco de ciencia y hasta una pizca de vicio.
Se parece al fútbol, a la natación o a
cualquier otro deporte, porque la habilidad del buen jugador requiere
disciplina, concentración, estudio y sobre todo, entrenamiento. Además, jugar
ajedrez puede ser tan beneficioso para la salud mental como un deporte
convencional puede serlo para la salud física.
Se parece a las ciencias, especialmente a las
llamadas “ciencias formales”: Matemática y Lógica, porque la habilidad
requerida es de naturaleza intelectual y porque el buen jugador, aparte de ser
estudioso, y de poseer las cualidades propias de un buen deportista, debe tener
la curiosidad y la creatividad que distinguen a los investigadores científicos.
Finalmente, se parece a un vicio porque, en
ciertos casos patológicos (por desgracia no tan raros) los jugadores llegan a
tal grado de apasionamiento que “apuestan” su autoestima en el tablero. Quienes
hacen esto, deliran de grandeza cuando vencen a un rival experto y sufren
terribles depresiones cuando son derrotados por alguno a quien menosprecian.
Además, a falta de otras fuentes de bienestar psicológico, experimentan la
necesidad de la recompensa moral que ofrece una victoria difícil, aunque esta
nunca llegue a ser suficiente para satisfacerlos del todo. Buscan entonces
nuevos retos, de manera incesante y caen en una especie de frenesí,
indudablemente pernicioso.
Cuenta una leyenda que el inventor de este
juego-ciencia quiso simular una batalla, o tal vez una guerra, como las que
tenían lugar en tiempos antiguos. Pero, por todas las semejanzas que encuentro
entre el juego-ciencia y las circunstancias humanas, el ajedrez se me parece
más a la vida misma. Me recuerda la batalla diaria que libra todo individuo
contra los obstáculos que aparecen en su vida, amenazándole, dificultándole el
logro de los objetivos que se propone y poniendo en peligro, incluso, su propia
supervivencia. Naturalmente, el juego es para mí un modelo simplificado y
abstracto de la vida; en el sentido como una ecuación matemática es un modelo
de un fenómeno físico. Sólo una representación...
Suele decirse que el desarrollo de una
partida de ajedrez pasa por tres etapas, definidas en una forma no totalmente
nítida: la apertura, el medio juego y el final. En la analogía que pretendo
hacer con la vida del ser humano, estas etapas corresponderían a la infancia,
la adolescencia y la madurez
En la apertura, los buenos jugadores suelen
seguir rutinas que conocen de memoria. Son series de jugadas que han sido
probadas en campeonatos mundiales y de cuya eficiencia no se duda. Las blancas
marcan la pauta, escogiendo una estrategia de ataque, y las negras responden con
alguna estrategia de defensa que han estudiado previamente y que juzgan
efectiva para contrarrestar la forma particular en que las blancas han iniciado
el juego. En una partida entre maestros, los errores en la apertura conducen
casi irremediablemente a la derrota.
En la vida, las circunstancias del nacimiento
marcan la pauta de los años subsiguientes. De acuerdo con esas circunstancias
el ser humano recibe o deja de recibir alimento, amor y educación. No tiene
necesidad de decidir ni poder para hacerlo. Tiene (o no) unos padres, una
escuela y una sociedad que le imponen un código cultural de conducta. Debe
hacer esto o aquello porque “se sabe”
que es lo que le conviene. Un error en esta “apertura” de su vida puede
acarrearle consecuencias muy graves.
En el ajedrez, después de un cierto número de
movimientos, ya la memoria de los jugadores (o de las computadoras, si es el
caso) no sirve para tomar decisiones, pues el número de jugadas posibles es
demasiado alto. Entonces el jugador recurre a su razonamiento: observa, evalúa,
compara, juzga, imagina el futuro...y
hace la jugada que considera mejor. En esta etapa, todavía el jugador no
puede hacer un plan definitivo para vencer a su rival, pues hay demasiadas
piezas en el tablero y no puede predecir sino a grandes rasgos cuál será el
desarrollo de la partida. A falta de este plan, se contenta con procurar
ventaja material, superando a su oponente en número o calidad de piezas
disponibles, o con preparar sus piezas para el final del juego, ubicándolas en
las posiciones más ventajosas del tablero.
De la misma manera, llega para el hombre una
etapa en la vida en la cual debe hacerse cargo de sus propias decisiones. Es
cuando siente el placer y la angustia que se derivan de su libertad. Entonces
tiene que observar, evaluar, comparar, juzgar... imaginar el futuro. No puede
tener un plan definitivo y concreto, porque hay demasiadas posibilidades. No
hay memoria individual ni colectiva que le indique con precisión cuál es el
mejor camino. Debe contentarse con buscar
una buena educación, una buena pareja y un buen lugar donde vivir. Si lo hace
bien, le saca ventaja a la vida, si no, estará siempre en desventaja
A medida que transcurre una partida de
ajedrez, las posibilidades de acción se reducen, las circunstancias definitivas
van esclareciéndose y las piezas van desapareciendo del tablero. También
en la vida, a medida que pasa el tiempo, las posibilidades de acción se
reducen. Cada conducta pasada ha generado un compromiso y tanto los errores
como los aciertos se han ido acumulando. En los años maduros se aproxima y se prevé
el final del juego. Entonces los jugadores de la vida, igual que los de
ajedrez, se aprestan a recoger los frutos de su siembra.
Durante la etapa final de
una partida de ajedrez, cada jugador debe tomar la más importante de las
decisiones del juego: arriesgarse a ganar, lo cual implica invertir sus
energías en consolidar un triunfo que considera posible, buscar un empate honroso
–si no ve oportunidades de éxito– o, simplemente, reconocer que ha perdido y
retirarse del juego con dignidad.
Algunos jugadores de la vida
ponen sus esperanzas en el premio que recibirán en otro mundo, al final de los
tiempos. Otros, más escépticos, desean ver colmados sus sueños en éste, antes
de terminar el juego. Pero, a diferencia de lo que ocurre en el ajedrez, al
término del juego de la vida ninguno puede eludir el oprobioso jaque mate.
Todos, sin excepción, apenas dejan huellas de sus pasos en los tableros
empolvados donde se batieron en lucha. Marcas efímeras que se diluyen en la
eternidad como gotas de lluvia en el océano.
Ramón V. Viggiani Quintana
viggiani8@gmail.com

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