lunes, 25 de febrero de 2013

EL AJEDREZ DE LA VIDA



EL AJEDREZ DE LA VIDA

Considero al ajedrez  tan rico en aspectos y facetas que bien pudiera decirse que tiene un  poco de deporte, un poco de ciencia y hasta una pizca de vicio.

Se parece al fútbol, a la natación o a cualquier otro deporte, porque la habilidad del buen jugador requiere disciplina, concentración, estudio y sobre todo, entrenamiento. Además, jugar ajedrez puede ser tan beneficioso para la salud mental como un deporte convencional puede serlo para la salud física.

Se parece a las ciencias, especialmente a las llamadas “ciencias formales”: Matemática y Lógica, porque la habilidad requerida es de naturaleza intelectual y porque el buen jugador, aparte de ser estudioso, y de poseer las cualidades propias de un buen deportista, debe tener la curiosidad y la creatividad que distinguen a los investigadores científicos.

Finalmente, se parece a un vicio porque, en ciertos casos patológicos (por desgracia no tan raros) los jugadores llegan a tal grado de apasionamiento que “apuestan” su autoestima en el tablero. Quienes hacen esto, deliran de grandeza cuando vencen a un rival experto y sufren terribles depresiones cuando son derrotados por alguno a quien menosprecian. Además, a falta de otras fuentes de bienestar psicológico, experimentan la necesidad de la recompensa moral que ofrece una victoria difícil, aunque esta nunca llegue a ser suficiente para satisfacerlos del todo. Buscan entonces nuevos retos, de manera incesante y caen en una especie de frenesí, indudablemente pernicioso.

Cuenta una leyenda que el inventor de este juego-ciencia quiso simular una batalla, o tal vez una guerra, como las que tenían lugar en tiempos antiguos. Pero, por todas las semejanzas que encuentro entre el juego-ciencia y las circunstancias humanas, el ajedrez se me parece más a la vida misma. Me recuerda la batalla diaria que libra todo individuo contra los obstáculos que aparecen en su vida, amenazándole, dificultándole el logro de los objetivos que se propone y poniendo en peligro, incluso, su propia supervivencia. Naturalmente, el juego es para mí un modelo simplificado y abstracto de la vida; en el sentido como una ecuación matemática es un modelo de un fenómeno físico. Sólo una representación...

Suele decirse que el desarrollo de una partida de ajedrez pasa por tres etapas, definidas en una forma no totalmente nítida: la apertura, el medio juego y el final. En la analogía que pretendo hacer con la vida del ser humano, estas etapas corresponderían a la infancia, la adolescencia y la madurez

En la apertura, los buenos jugadores suelen seguir rutinas que conocen de memoria. Son series de jugadas que han sido probadas en campeonatos mundiales y de cuya eficiencia no se duda. Las blancas marcan la pauta, escogiendo una estrategia de ataque, y las negras responden con alguna estrategia de defensa que han estudiado previamente y que juzgan efectiva para contrarrestar la forma particular en que las blancas han iniciado el juego. En una partida entre maestros, los errores en la apertura conducen casi irremediablemente a la derrota.

En la vida, las circunstancias del nacimiento marcan la pauta de los años subsiguientes. De acuerdo con esas circunstancias el ser humano recibe o deja de recibir alimento, amor y educación. No tiene necesidad de decidir ni poder para hacerlo. Tiene (o no) unos padres, una escuela y una sociedad que le imponen un código cultural de conducta. Debe hacer esto o aquello porque “se sabe”  que es lo que le conviene. Un error en esta “apertura” de su vida puede acarrearle consecuencias muy graves.

En el ajedrez, después de un cierto número de movimientos, ya la memoria de los jugadores (o de las computadoras, si es el caso) no sirve para tomar decisiones, pues el número de jugadas posibles es demasiado alto. Entonces el jugador recurre a su razonamiento: observa, evalúa, compara, juzga, imagina el futuro...y  hace la jugada que considera mejor. En esta etapa, todavía el jugador no puede hacer un plan definitivo para vencer a su rival, pues hay demasiadas piezas en el tablero y no puede predecir sino a grandes rasgos cuál será el desarrollo de la partida. A falta de este plan, se contenta con procurar ventaja material, superando a su oponente en número o calidad de piezas disponibles, o con preparar sus piezas para el final del juego, ubicándolas en las posiciones más ventajosas del tablero.

De la misma manera, llega para el hombre una etapa en la vida en la cual debe hacerse cargo de sus propias decisiones. Es cuando siente el placer y la angustia que se derivan de su libertad. Entonces tiene que observar, evaluar, comparar, juzgar... imaginar el futuro. No puede tener un plan definitivo y concreto, porque hay demasiadas posibilidades. No hay memoria individual ni colectiva que le indique con precisión cuál es el mejor camino. Debe contentarse  con buscar una buena educación, una buena pareja y un buen lugar donde vivir. Si lo hace bien, le saca ventaja a la vida, si no, estará siempre en desventaja

A medida que transcurre una partida de ajedrez, las posibilidades de acción se reducen, las circunstancias definitivas van esclareciéndose y las piezas van desapareciendo del tablero. También en la vida, a medida que pasa el tiempo, las posibilidades de acción se reducen. Cada conducta pasada ha generado un compromiso y tanto los errores como los aciertos se han ido acumulando. En los años maduros se aproxima y se prevé el final del juego. Entonces los jugadores de la vida, igual que los de ajedrez, se aprestan a recoger los frutos de su siembra.

Durante la etapa final de una partida de ajedrez, cada jugador debe tomar la más importante de las decisiones del juego: arriesgarse a ganar, lo cual implica invertir sus energías en consolidar un triunfo que considera posible, buscar un empate honroso –si no ve oportunidades de éxito– o, simplemente, reconocer que ha perdido y retirarse del juego con dignidad.

Algunos jugadores de la vida ponen sus esperanzas en el premio que recibirán en otro mundo, al final de los tiempos. Otros, más escépticos, desean ver colmados sus sueños en éste, antes de terminar el juego. Pero, a diferencia de lo que ocurre en el ajedrez, al término del juego de la vida ninguno puede eludir el oprobioso jaque mate. Todos, sin excepción, apenas dejan huellas de sus pasos en los tableros empolvados donde se batieron en lucha. Marcas efímeras que se diluyen en la eternidad como gotas de lluvia en el océano.

Ramón V. Viggiani Quintana
viggiani8@gmail.com 

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