HERRAMIENTAS DEL PENSAMIENTO
PENSAMIENTO ANALÓGICO
Construimos una analogía cada vez que comparamos una cosa o situación
con otra u otras, para observar las relaciones de semejanza que existen entre
ellas. Cuando centramos nuestra atención en esas semejanzas, con la finalidad
de obtener conclusiones y arribar a una decisión, utilizamos la herramienta del
pensamiento que conocemos como
“pensamiento analógico”.
Naturalmente, existen grados de semejanza entre las cosas o
situaciones. Un hombre es semejante a cualquier otro, por ejemplo, en todo lo
que suponemos que es esencial e inherente a su naturaleza humana, pero difiere
de los demás hombres en cuanto se refiere a las cualidades específicas que le
otorgan su identidad.
Por otra parte, cuando evaluamos las semejanzas, es imposible dejar de
considerar las diferencias. Si decimos que Pedro es “casi tan alto como Juan”
estamos afirmando que se parecen por su estatura, pero a la vez dejamos claro (con la palabra “casi”) que también se diferencian ligeramente .
El proceso de comparar cosas y situaciones
conduce al intelecto humano a la creación de grupos: el grupo de los altos, el
de los calvos, el de los ricos, el de los mayores de 21 años, y tantos otros.
Es decir, el resultado esperado del proceso de comparación de cosas conduce a
la clasificación de ellas en clases o categorías. Igualmente ocurre con la
comparación de situaciones: las situaciones peligrosas, las tolerables, las
agradables, las confusas, las necesarias, etcétera.
Esta clasificación de cosas y situaciones
conduce a su vez a la formación de generalizaciones. Cuando generalizamos, no
pensamos en objetos individuales, sino en grupos de objetos que consideramos
semejantes de acuerdo con algún criterio. Nuestro lenguaje está lleno de
generalizaciones: “Prefiero tratar con personas inteligentes... (las que
pertenecen a la clase de los inteligentes)”, “éste es un empleo para
jóvenes...(los que pertenecen a la clase de los jóvenes)”, “Pedro disfruta las
situaciones riesgosas...(las que pertenecen a esa clase)”.
El empleo de generalizaciones es necesario
para que el pensamiento fluya de manera eficiente. La generalización sustituye
la enumeración, por razones de brevedad y ahorro de tiempo y energía. Pensamos
que sería necio colocar una cartel a la entrada de un espectáculo en el cual se
prohibiese la entrada a las personas de: un año, dos años, tres años... y así
hasta llegar a veinte años. Mucho más sencillo es generalizar diciendo: “Se
prohíbe la entrada a los menores de 21 años”.
Algunas veces, sin embargo, se presentan
problemas cuando tratamos de explicar con palabras (conceptualizar) cuáles son
los criterios que hemos empleado para formar la clase que estamos usando como
objeto de nuestro pensamiento: ¿Qué entiende usted, exactamente por un hombre
“calvo”?, ¿pertenecen a la clase o categoría de los calvos aquellas personas
que solamente tienen tres pelos en su cabeza? ¿y las que tienen solamente
cuatro? ¿cuántos pelos tiene que tener una persona para dejar de ser calvo? .
En términos técnicos, diríamos que la clase de “los hombres calvos” es una
clase “borrosa” porque, aún cuando podemos referirnos a ella en la práctica:
“los calvos no deberían exponerse mucho tiempo al sol”, a la vez admitimos que
no sabemos con precisión que significa “ser calvo”.
Por supuesto, existen categorías totalmente
nítidas, como la categoría de los números pares. Si decimos “La suma de dos
números pares da como resultado otro número par”, no caben dudas sobre lo que
queremos decir. (Dicho sea de paso, las palabras “borrosa” y “nítida” implican
una clasificación de la naturaleza de las categorías, o sea, una
meta-clasificación de las clasificaciones, no totalmente nítida). En el mundo
ideal de la Matemática y de algunos tipos de Lógica, existen clasificaciones
nítidas. Todas las demás, las que hacemos para pensar sobre el mundo real,
tienen un cierto grado de “borrosidad”. El pensador entrenado en el uso del
pensamiento analógico, tiene que tomar en cuenta esa borrosidad para evitar
errores de significado en sus razonamientos.
Hay muchas otras fuentes posibles de error en
los razonamientos analógicos, mas es imposible para el buen pensador prescindir
de ellas. Una célebre paradoja lingüística nos advierte: “Toda
generalización es falsa, inclusive ésta”. Otra advertencia reza: “Toda
regla tiene su excepción”.
No puedo, obviamente, enumerar en tan corto
espacio todas las posibles fuentes de error. Me contentaré solamente, por
ahora, con recomendarle al lector que vaya con cautela cuando piense sobre
ideas tales como “Debido a que los niños (o las mujeres, o los venezolanos) son
tal o cual cosa, entonces ocurre esta o aquella situación”. La cautela que
recomiendo implica un esfuerzo en aclarar lo mejor posible y hasta donde sea
necesario en cada caso, cuáles son los criterios de semejanza que estamos
usando para definir las clases a las cuales nos referimos. Hablaré en poco más
sobre esto en mi próximo artículo.
Ramón V. Viggiani Quintana
viggiani8@gmail.com

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