Cuerpo y Alma
Existe una
estrecha correlación entre la bioquímica del cuerpo humano, de una parte, y la
personalidad y el carácter, de la otra. Se conocen, por ejemplo, los efectos
del alcohol en la sangre. Todos hemos visto alguna vez a un conocido llegar muy
serio y circunspecto a una reunión social, convertirse después de los primeros
tragos en una persona alegre, sociable y desinhibida y, finalmente, después de
haber bebido más de la cuenta, transformarse en
impertinente e insociable.
Ni hablar
de las llamadas "drogas duras"; las páginas rojas de los diarios
reseñan su efecto.
Lo
contrario también es cierto. Sabemos que las emociones, estimuladas por la
percepción de hechos o situaciones significativas para una persona, cambian la
composición química de su sangre. El cuerpo reacciona ante el peligro y la
agresión física y verbal. El cerebro y el sistema de glándulas endocrinas
actúan para preparar al organismo a defenderse o a huir. Los mensajeros son
substancias químicas que entran al torrente sanguíneo para llevar instrucciones
a los músculos y a los órganos del cuerpo.
Una palabra
amorosa dicha al oído modifica la química del cuerpo. Su percepción induce la
circulación o inhibición de hormonas y neurotransmisores, los cuales, a su vez,
modifican la conducta. De manera circular, las modificaciones bioquímicas
predisponen al sujeto en relación con los fenómenos de la sensación, la
atención y la percepción. Con la sangre cargada de testosterona, un adolescente
apasionado puede observar en una chica gestos imperceptibles para otras
personas. El lenguaje del cuerpo se torna
más significativo, las palabras comunes llegan a ser poesía y la
imaginación crea paraísos idílicos. Es lo que suele llamarse un "estado
alterado de conciencia".
Cuando
pensamos en estas cosas podemos apreciar, aunque sea de lejos, la inmensa complejidad de las relaciones del
alma humana con su substrato orgánico.
Los grandes
pensadores de la antigüedad se preguntaban por el sitio donde residía el alma,
a la vez que especulaban sobre la substancia de la cual estaba formada. Algunos
llegaron a pensar que estaba en el estómago, el órgano más visiblemente
afectado por las emociones. Otros pensaron que residía en el corazón, cuyo
ritmo evidencia los estados psicológicos. Mientras los más ingenuos intentaron
pesarla, los más escépticos proclamaron que no existía, pues, después de
revisar todos los rincones del cuerpo, no encontraron evidencia
"objetiva" de ella. Hoy, la gente suele asociar, de manera muy vaga,
el alma con el cerebro. Cerebro, mente y alma: tres palabras para intentar una
respuesta fácil a la pregunta más importante y difícil de la historia.
Yo, aunque
reconozco mi propia ignorancia y mi propia obscuridad en relación con este
tema, me atrevo a rechazar estas simplificaciones, que me parecen infundadas.
Me parece
que el alma, eso que llamamos alma, tiene que ver con lo que es verdaderamente
nuestra identidad. Parto, indudablemente, de una preconcepción de origen
religioso, pero la razón me indica que yo no podría ser quién soy si, como
decía Ortega, no viviera dentro de las mismas circunstancias. Y la más
prominente de mis circunstancias es mi propio cuerpo. Todos me reconocerían
como la misma persona si tuviese la desgracia de perder una mano o una pierna.
Incluso, si fuese sometido a un transplante de corazón. ¿Sería igual si me
fuese transplantado otro cerebro?
Tal vez
esta última pregunta no tenga sentido; quizá no sea nunca posible desarticular
al cerebro del resto del cuerpo humano, porque las estructuras neuronales
representan y reproducen, de alguna manera, al organismo que las sustenta.
Pero, ¿qué si perdiera una parte del cerebro? ¿o si mi hipófisis o mis
glándulas suprarrenales comenzaran a funcionar de modo diferente? ¿Qué pasaría
con mi carácter si mis sentidos se alterasen de tal forma que la realidad que
percibiera fuese radicalmente distinta a lo que antes percibía?
Es posible
que, después de todo, sí cambie mi identidad con tan sólo perder un dedo de mi
mano. ¿Cómo hubiese sido el alma de Cirano, con una nariz diferente?
Cuando
exclamamos, por ejemplo, refiriéndonos a alguien a quién creíamos conocer y que
nos ha demostrado lo contrario con un acto muy noble o muy traicionero: ¡Ahora
ya le conozco!, nos referimos a su alma, a su verdadera naturaleza, a su
identidad. Pero yo me pregunto: esa alma, que constituye su esencia, ¿es
separable de los casuales accidentes de su cuerpo?
Ramón V. Viggiani Quintana

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