lunes, 25 de febrero de 2013

PENSAMIENTO ANALÓGICO (1 de 2)



HERRAMIENTAS DEL PENSAMIENTO
PENSAMIENTO ANALÓGICO


Construimos una analogía cada vez que comparamos una cosa o situación con otra u otras, para observar las relaciones de semejanza que existen entre ellas. Cuando centramos nuestra atención en esas semejanzas, con la finalidad de obtener conclusiones y arribar a una decisión, utilizamos la herramienta del pensamiento que  conocemos como “pensamiento analógico”.

Naturalmente, existen grados de semejanza entre las cosas o situaciones. Un hombre es semejante a cualquier otro, por ejemplo, en todo lo que suponemos que es esencial e inherente a su naturaleza humana, pero difiere de los demás hombres en cuanto se refiere a las cualidades específicas que le otorgan su identidad.

Por otra parte, cuando evaluamos las semejanzas, es imposible dejar de considerar las diferencias. Si decimos que Pedro es “casi tan alto como Juan” estamos afirmando que se parecen por su estatura, pero a la vez dejamos claro (con la palabra “casi”) que también se diferencian ligeramente .

El proceso de comparar cosas y situaciones conduce al intelecto humano a la creación de grupos: el grupo de los altos, el de los calvos, el de los ricos, el de los mayores de 21 años, y tantos otros. Es decir, el resultado esperado del proceso de comparación de cosas conduce a la clasificación de ellas en clases o categorías. Igualmente ocurre con la comparación de situaciones: las situaciones peligrosas, las tolerables, las agradables, las confusas, las necesarias, etcétera.

Esta clasificación de cosas y situaciones conduce a su vez a la formación de generalizaciones. Cuando generalizamos, no pensamos en objetos individuales, sino en grupos de objetos que consideramos semejantes de acuerdo con algún criterio. Nuestro lenguaje está lleno de generalizaciones: “Prefiero tratar con personas inteligentes... (las que pertenecen a la clase de los inteligentes)”, “éste es un empleo para jóvenes...(los que pertenecen a la clase de los jóvenes)”, “Pedro disfruta las situaciones riesgosas...(las que pertenecen a esa clase)”.

El empleo de generalizaciones es necesario para que el pensamiento fluya de manera eficiente. La generalización sustituye la enumeración, por razones de brevedad y ahorro de tiempo y energía. Pensamos que sería necio colocar una cartel a la entrada de un espectáculo en el cual se prohibiese la entrada a las personas de: un año, dos años, tres años... y así hasta llegar a veinte años. Mucho más sencillo es generalizar diciendo: “Se prohíbe la entrada a los menores de 21 años”.

Algunas veces, sin embargo, se presentan problemas cuando tratamos de explicar con palabras (conceptualizar) cuáles son los criterios que hemos empleado para formar la clase que estamos usando como objeto de nuestro pensamiento: ¿Qué entiende usted, exactamente por un hombre “calvo”?, ¿pertenecen a la clase o categoría de los calvos aquellas personas que solamente tienen tres pelos en su cabeza? ¿y las que tienen solamente cuatro? ¿cuántos pelos tiene que tener una persona para dejar de ser calvo? . En términos técnicos, diríamos que la clase de “los hombres calvos” es una clase “borrosa” porque, aún cuando podemos referirnos a ella en la práctica: “los calvos no deberían exponerse mucho tiempo al sol”, a la vez admitimos que no sabemos con precisión que significa “ser calvo”.

Por supuesto, existen categorías totalmente nítidas, como la categoría de los números pares. Si decimos “La suma de dos números pares da como resultado otro número par”, no caben dudas sobre lo que queremos decir. (Dicho sea de paso, las palabras “borrosa” y “nítida” implican una clasificación de la naturaleza de las categorías, o sea, una meta-clasificación de las clasificaciones, no totalmente nítida). En el mundo ideal de la Matemática y de algunos tipos de Lógica, existen clasificaciones nítidas. Todas las demás, las que hacemos para pensar sobre el mundo real, tienen un cierto grado de “borrosidad”. El pensador entrenado en el uso del pensamiento analógico, tiene que tomar en cuenta esa borrosidad para evitar errores de significado en sus razonamientos.

Hay muchas otras fuentes posibles de error en los razonamientos analógicos, mas es imposible para el buen pensador prescindir de ellas. Una célebre paradoja lingüística nos advierte: “Toda generalización es falsa, inclusive ésta”. Otra advertencia reza: “Toda regla tiene su excepción”. 

No puedo, obviamente, enumerar en tan corto espacio todas las posibles fuentes de error. Me contentaré solamente, por ahora, con recomendarle al lector que vaya con cautela cuando piense sobre ideas tales como “Debido a que los niños (o las mujeres, o los venezolanos) son tal o cual cosa, entonces ocurre esta o aquella situación”. La cautela que recomiendo implica un esfuerzo en aclarar lo mejor posible y hasta donde sea necesario en cada caso, cuáles son los criterios de semejanza que estamos usando para definir las clases a las cuales nos referimos. Hablaré en poco más sobre esto en mi próximo artículo.

Ramón V. Viggiani Quintana
viggiani8@gmail.com  

PENSAMIENTO ANALÓGICO (2 de 2)



HERRAMIENTAS DEL PENSAMIENTO
PENSAMIENTO ANALÓGICO
Segunda y última parte

Les decía en mi artículo anterior que usamos el pensamiento analógico cuando nos proponemos observar las semejanzas y las diferencias entre objetos o situaciones con el fin de sacar conclusiones que se refieran, no a cada uno de ellos individualmente, sino a clases, categorías o grupos de ellos.

Supongamos que deseo comprar un automóvil usado y que, para aumentar la probabilidad de hacer una adquisición satisfactoria, hago una encuesta entre mis amigos y conocidos, preguntándoles sobre las características de los vehículos que usan. Las personas encuestadas me dan información técnica sobre sus respectivos automóviles, una relación de las fallas más frecuentes que han encontrado en ellos y de la disponibilidad y el costo del servicio mecánico, tanto de la mano de obra como de los repuestos.

Para analizar los datos que he recibido, que son muchos, lo más natural es que los organice por categorías. Podría comenzar agrupando los datos en tres clases o categorías, según correspondan a automóviles europeos, americanos o asiáticos. Si yo, por ejemplo, le doy mucha importancia a la disponibilidad y al costo de los repuestos, y encuentro que, según ese criterio, la clase “vehículos americanos” resulta más ventajosa que las otras, selecciono esa clase y de allí en adelante concentro mi atención en ella.

Para hacer una segunda aproximación, podría dividir la clase seleccionada de acuerdo con algún criterio. Éste pudiera ser, digamos, la marca. Encuentro entonces que tengo datos disponibles de tres marcas distintas, la “A”, la “B” y la “C”, pero no hallo diferencias significativas en cuanto a mi criterio principal de selección entre las marcas A y B, aunque sí me doy cuenta de que los repuestos de esas marcas son más abundantes en el mercado y se venden a mejores precios que los de la marca C. Entonces uno las subclases A y B en una sola que llamo “AB” y la escojo como centro de mi atención para utilizar otro criterio de selección.

Digamos que, después de considerar los repuestos, el criterio más importante para mí sea el consumo de gasolina. Divido entonces la clase escogida en tres grupos, la de los modelos anteriores al año 2000, la de los que corresponden al período 2000-2005 y la de los modelos de años posteriores a 2005. Podría entonces darme cuenta de que  la subclase “modelos anteriores a 2000” se “parece” más, en cuanto al criterio primario de los repuestos, a las clases ya descartadas de los vehículos asiáticos y europeos que a las otras subclases de modelos americanos. Por ello, la descarto inmediatamente. Si no encuentro diferencias apreciables entre los otros dos grupos en relación con los repuestos, me fijo si existe alguna diferencia en el consumo de gasolina. Para abreviar, digamos que encuentro una ligera diferencia a favor de los modelos más recientes, no tan grande, a mi juicio, como para hacer una selección definitiva. Recurro entonces a otros criterios, tales como la potencia del motor, al tipo de trasmisión o a las características del sistema de frenos.

Al final del análisis, sabría que clase de automóvil deseo comprar, por ejemplo: Un automóvil sedán, Ford o Chevrolet, modelo 2000 o más reciente, cuya potencia no sea menor de 125  hp.

Por supuesto, no me basta con saber cuál es la clase de automóvil que deseo, también tengo que saber cuánto puedo pagar por él. Si solamente dispongo de una cierta cantidad de bolívares, tendré que investigar en el mercado de autos usados para saber si existe compatibilidad entre mis deseos y mi capacidad adquisitiva, y si tal compatibilidad no es posible, deberé optar por esperar algún tiempo o reducir mis aspiraciones.

El proceso de selección que he descrito en el ejemplo anterior corresponde, en términos generales, con el que haría una computadora programada para esa tarea. Algo similar hacen los programas que ayudan al usuario a tomar decisiones gerenciales o los programas que toman sus propias decisiones, como los que juegan ajedrez. Rara vez, el ser humano toma decisiones de una manera tan fría y calculadora. Aún en el caso, aparentemente objetivo y material como aparenta ser la compra de un automóvil usado, las personas utilizan criterios de selección emocionales y muchas veces inconscientes: “me gustaría tener un carro como el de mi hermano, para parecerme a él, aunque gaste un poco más de lo que razonablemente debería gastar”. Sin embargo el pensamiento analógico siempre está presente: ¿por qué este auto se parece más al de mi hermano que ese otro?

Por otra parte, parece claro que cualquier decisión que se tome resulta más acertada en la medida en que consideramos más datos y dedicamos mayor esfuerzo a analizar la confiabilidad y la relación de pertinencia de esos datos con el objetivo perseguido. Los programas comerciales de ajedrez, por ejemplo, analizan una cierta cantidad de jugadas posibles por segundo antes de hacer cada movimiento, de acuerdo con ciertos criterios que les permiten otorgar un “valor” a cada posición de sus piezas (y las de su oponente) en el tablero. Cuando el usuario los utiliza en el nivel “de novato”, lo que hace es permitirle muy poco tiempo al programa para evaluar posibilidades, de modo que resulta muy fácil ganarles la partida. Si, en cambio, las programa en el nivel de “maestro”, ocurre todo lo contrario.

Estoy pensando ahora, por cierto, en una analogía entre el juego de ajedrez y la vida misma. Esta es una analogía muy fecunda, sobre la cual pienso hablar en otro artículo. Ahora, solamente me gustaría terminar estas líneas invitando al lector a reflexionar sobre cuál sería el nivel (novato, aficionado, experto, maestro) en que se programaría a sí mismo si tuviese que tomar decisiones de importancia variable: escoger una profesión, casarse, comprar un automóvil, seleccionar una película…

Ramón V. Viggiani Quintana
viggiani8@gmail.com 

EL AJEDREZ DE LA VIDA



EL AJEDREZ DE LA VIDA

Considero al ajedrez  tan rico en aspectos y facetas que bien pudiera decirse que tiene un  poco de deporte, un poco de ciencia y hasta una pizca de vicio.

Se parece al fútbol, a la natación o a cualquier otro deporte, porque la habilidad del buen jugador requiere disciplina, concentración, estudio y sobre todo, entrenamiento. Además, jugar ajedrez puede ser tan beneficioso para la salud mental como un deporte convencional puede serlo para la salud física.

Se parece a las ciencias, especialmente a las llamadas “ciencias formales”: Matemática y Lógica, porque la habilidad requerida es de naturaleza intelectual y porque el buen jugador, aparte de ser estudioso, y de poseer las cualidades propias de un buen deportista, debe tener la curiosidad y la creatividad que distinguen a los investigadores científicos.

Finalmente, se parece a un vicio porque, en ciertos casos patológicos (por desgracia no tan raros) los jugadores llegan a tal grado de apasionamiento que “apuestan” su autoestima en el tablero. Quienes hacen esto, deliran de grandeza cuando vencen a un rival experto y sufren terribles depresiones cuando son derrotados por alguno a quien menosprecian. Además, a falta de otras fuentes de bienestar psicológico, experimentan la necesidad de la recompensa moral que ofrece una victoria difícil, aunque esta nunca llegue a ser suficiente para satisfacerlos del todo. Buscan entonces nuevos retos, de manera incesante y caen en una especie de frenesí, indudablemente pernicioso.

Cuenta una leyenda que el inventor de este juego-ciencia quiso simular una batalla, o tal vez una guerra, como las que tenían lugar en tiempos antiguos. Pero, por todas las semejanzas que encuentro entre el juego-ciencia y las circunstancias humanas, el ajedrez se me parece más a la vida misma. Me recuerda la batalla diaria que libra todo individuo contra los obstáculos que aparecen en su vida, amenazándole, dificultándole el logro de los objetivos que se propone y poniendo en peligro, incluso, su propia supervivencia. Naturalmente, el juego es para mí un modelo simplificado y abstracto de la vida; en el sentido como una ecuación matemática es un modelo de un fenómeno físico. Sólo una representación...

Suele decirse que el desarrollo de una partida de ajedrez pasa por tres etapas, definidas en una forma no totalmente nítida: la apertura, el medio juego y el final. En la analogía que pretendo hacer con la vida del ser humano, estas etapas corresponderían a la infancia, la adolescencia y la madurez

En la apertura, los buenos jugadores suelen seguir rutinas que conocen de memoria. Son series de jugadas que han sido probadas en campeonatos mundiales y de cuya eficiencia no se duda. Las blancas marcan la pauta, escogiendo una estrategia de ataque, y las negras responden con alguna estrategia de defensa que han estudiado previamente y que juzgan efectiva para contrarrestar la forma particular en que las blancas han iniciado el juego. En una partida entre maestros, los errores en la apertura conducen casi irremediablemente a la derrota.

En la vida, las circunstancias del nacimiento marcan la pauta de los años subsiguientes. De acuerdo con esas circunstancias el ser humano recibe o deja de recibir alimento, amor y educación. No tiene necesidad de decidir ni poder para hacerlo. Tiene (o no) unos padres, una escuela y una sociedad que le imponen un código cultural de conducta. Debe hacer esto o aquello porque “se sabe”  que es lo que le conviene. Un error en esta “apertura” de su vida puede acarrearle consecuencias muy graves.

En el ajedrez, después de un cierto número de movimientos, ya la memoria de los jugadores (o de las computadoras, si es el caso) no sirve para tomar decisiones, pues el número de jugadas posibles es demasiado alto. Entonces el jugador recurre a su razonamiento: observa, evalúa, compara, juzga, imagina el futuro...y  hace la jugada que considera mejor. En esta etapa, todavía el jugador no puede hacer un plan definitivo para vencer a su rival, pues hay demasiadas piezas en el tablero y no puede predecir sino a grandes rasgos cuál será el desarrollo de la partida. A falta de este plan, se contenta con procurar ventaja material, superando a su oponente en número o calidad de piezas disponibles, o con preparar sus piezas para el final del juego, ubicándolas en las posiciones más ventajosas del tablero.

De la misma manera, llega para el hombre una etapa en la vida en la cual debe hacerse cargo de sus propias decisiones. Es cuando siente el placer y la angustia que se derivan de su libertad. Entonces tiene que observar, evaluar, comparar, juzgar... imaginar el futuro. No puede tener un plan definitivo y concreto, porque hay demasiadas posibilidades. No hay memoria individual ni colectiva que le indique con precisión cuál es el mejor camino. Debe contentarse  con buscar una buena educación, una buena pareja y un buen lugar donde vivir. Si lo hace bien, le saca ventaja a la vida, si no, estará siempre en desventaja

A medida que transcurre una partida de ajedrez, las posibilidades de acción se reducen, las circunstancias definitivas van esclareciéndose y las piezas van desapareciendo del tablero. También en la vida, a medida que pasa el tiempo, las posibilidades de acción se reducen. Cada conducta pasada ha generado un compromiso y tanto los errores como los aciertos se han ido acumulando. En los años maduros se aproxima y se prevé el final del juego. Entonces los jugadores de la vida, igual que los de ajedrez, se aprestan a recoger los frutos de su siembra.

Durante la etapa final de una partida de ajedrez, cada jugador debe tomar la más importante de las decisiones del juego: arriesgarse a ganar, lo cual implica invertir sus energías en consolidar un triunfo que considera posible, buscar un empate honroso –si no ve oportunidades de éxito– o, simplemente, reconocer que ha perdido y retirarse del juego con dignidad.

Algunos jugadores de la vida ponen sus esperanzas en el premio que recibirán en otro mundo, al final de los tiempos. Otros, más escépticos, desean ver colmados sus sueños en éste, antes de terminar el juego. Pero, a diferencia de lo que ocurre en el ajedrez, al término del juego de la vida ninguno puede eludir el oprobioso jaque mate. Todos, sin excepción, apenas dejan huellas de sus pasos en los tableros empolvados donde se batieron en lucha. Marcas efímeras que se diluyen en la eternidad como gotas de lluvia en el océano.

Ramón V. Viggiani Quintana
viggiani8@gmail.com 

viernes, 18 de enero de 2013


TODO ES CUESTIÓN DE TIEMPO

“Irreversibilidad” es la palabra clave para comprender el tiempo. Percibimos el “paso del tiempo” porque observamos el cambio de las cosas. O, en términos más precisos, “los cambios de estado de las cosas”; porque todos los cambios son irreversibles. La cerradura oxidada, la muerte de un ser querido o la estatura que han alcanzado nuestros niños, nos demuestran que existe una dimensión de la realidad a la que llamamos tiempo. Podríamos limpiar la cerradura oxidada y hacerla lucir como nueva, pero no es posible hacerlo sin degradar algo de energía y consumir otros recursos. Por eso decimos que el proceso de oxidación es irreversible y señala la dirección en la cual transcurre el tiempo. El aumento de estatura de los niños es un proceso de naturaleza radicalmente diferente (de estructuración en vez de homogenización) que a primera vista parece reversible; pero aunque no lo quisiéramos, sabemos que cuando sean ancianos el proceso se invertirá espontáneamente. Pero, antes y después, bien para crecer o simplemente para mantenerse vivos, habrán de utilizar recursos. Es decir, habrán habido procesos claramente irreversibles en las fuentes de esos recursos, en su medio ambiente. Hasta los llamados “recursos renovables” sólo son tales en un cierto sentido, muy práctico, mas no absoluto; porque hasta el mismo sol, como cualquier estrella, algún día dejará de brillar. Todo es cuestión de tiempo.

Ramón V. Viggiani Q.     

Cuerpo y Alma

 

Existe una estrecha correlación entre la bioquímica del cuerpo humano, de una parte, y la personalidad y el carácter, de la otra. Se conocen, por ejemplo, los efectos del alcohol en la sangre. Todos hemos visto alguna vez a un conocido llegar muy serio y circunspecto a una reunión social, convertirse después de los primeros tragos en una persona alegre, sociable y desinhibida y, finalmente, después de haber bebido más de la cuenta, transformarse en  impertinente e insociable.

Ni hablar de las llamadas "drogas duras"; las páginas rojas de los diarios reseñan su efecto.

Lo contrario también es cierto. Sabemos que las emociones, estimuladas por la percepción de hechos o situaciones significativas para una persona, cambian la composición química de su sangre. El cuerpo reacciona ante el peligro y la agresión física y verbal. El cerebro y el sistema de glándulas endocrinas actúan para preparar al organismo a defenderse o a huir. Los mensajeros son substancias químicas que entran al torrente sanguíneo para llevar instrucciones a los músculos y a los órganos del cuerpo.

Una palabra amorosa dicha al oído modifica la química del cuerpo. Su percepción induce la circulación o inhibición de hormonas y neurotransmisores, los cuales, a su vez, modifican la conducta. De manera circular, las modificaciones bioquímicas predisponen al sujeto en relación con los fenómenos de la sensación, la atención y la percepción. Con la sangre cargada de testosterona, un adolescente apasionado puede observar en una chica gestos imperceptibles para otras personas. El lenguaje del cuerpo se torna  más significativo, las palabras comunes llegan a ser poesía y la imaginación crea paraísos idílicos. Es lo que suele llamarse un "estado alterado de conciencia".         

Cuando pensamos en estas cosas podemos apreciar, aunque sea de lejos,  la inmensa complejidad de las relaciones del alma humana con su substrato orgánico.

Los grandes pensadores de la antigüedad se preguntaban por el sitio donde residía el alma, a la vez que especulaban sobre la substancia de la cual estaba formada. Algunos llegaron a pensar que estaba en el estómago, el órgano más visiblemente afectado por las emociones. Otros pensaron que residía en el corazón, cuyo ritmo evidencia los estados psicológicos. Mientras los más ingenuos intentaron pesarla, los más escépticos proclamaron que no existía, pues, después de revisar todos los rincones del cuerpo, no encontraron evidencia "objetiva" de ella. Hoy, la gente suele asociar, de manera muy vaga, el alma con el cerebro. Cerebro, mente y alma: tres palabras para intentar una respuesta fácil a la pregunta más importante y difícil de la historia.

Yo, aunque reconozco mi propia ignorancia y mi propia obscuridad en relación con este tema, me atrevo a rechazar estas simplificaciones, que me parecen infundadas.

Me parece que el alma, eso que llamamos alma, tiene que ver con lo que es verdaderamente nuestra identidad. Parto, indudablemente, de una preconcepción de origen religioso, pero la razón me indica que yo no podría ser quién soy si, como decía Ortega, no viviera dentro de las mismas circunstancias. Y la más prominente de mis circunstancias es mi propio cuerpo. Todos me reconocerían como la misma persona si tuviese la desgracia de perder una mano o una pierna. Incluso, si fuese sometido a un transplante de corazón. ¿Sería igual si me fuese transplantado otro cerebro?

Tal vez esta última pregunta no tenga sentido; quizá no sea nunca posible desarticular al cerebro del resto del cuerpo humano, porque las estructuras neuronales representan y reproducen, de alguna manera, al organismo que las sustenta. Pero, ¿qué si perdiera una parte del cerebro? ¿o si mi hipófisis o mis glándulas suprarrenales comenzaran a funcionar de modo diferente? ¿Qué pasaría con mi carácter si mis sentidos se alterasen de tal forma que la realidad que percibiera fuese radicalmente distinta a lo que antes percibía?

Es posible que, después de todo, sí cambie mi identidad con tan sólo perder un dedo de mi mano. ¿Cómo hubiese sido el alma de Cirano, con una nariz diferente?

Cuando exclamamos, por ejemplo, refiriéndonos a alguien a quién creíamos conocer y que nos ha demostrado lo contrario con un acto muy noble o muy traicionero: ¡Ahora ya le conozco!, nos referimos a su alma, a su verdadera naturaleza, a su identidad. Pero yo me pregunto: esa alma, que constituye su esencia, ¿es separable de los casuales accidentes de su cuerpo?         

      Ramón V. Viggiani Quintana