viernes, 18 de enero de 2013


TODO ES CUESTIÓN DE TIEMPO

“Irreversibilidad” es la palabra clave para comprender el tiempo. Percibimos el “paso del tiempo” porque observamos el cambio de las cosas. O, en términos más precisos, “los cambios de estado de las cosas”; porque todos los cambios son irreversibles. La cerradura oxidada, la muerte de un ser querido o la estatura que han alcanzado nuestros niños, nos demuestran que existe una dimensión de la realidad a la que llamamos tiempo. Podríamos limpiar la cerradura oxidada y hacerla lucir como nueva, pero no es posible hacerlo sin degradar algo de energía y consumir otros recursos. Por eso decimos que el proceso de oxidación es irreversible y señala la dirección en la cual transcurre el tiempo. El aumento de estatura de los niños es un proceso de naturaleza radicalmente diferente (de estructuración en vez de homogenización) que a primera vista parece reversible; pero aunque no lo quisiéramos, sabemos que cuando sean ancianos el proceso se invertirá espontáneamente. Pero, antes y después, bien para crecer o simplemente para mantenerse vivos, habrán de utilizar recursos. Es decir, habrán habido procesos claramente irreversibles en las fuentes de esos recursos, en su medio ambiente. Hasta los llamados “recursos renovables” sólo son tales en un cierto sentido, muy práctico, mas no absoluto; porque hasta el mismo sol, como cualquier estrella, algún día dejará de brillar. Todo es cuestión de tiempo.

Ramón V. Viggiani Q.     

Cuerpo y Alma

 

Existe una estrecha correlación entre la bioquímica del cuerpo humano, de una parte, y la personalidad y el carácter, de la otra. Se conocen, por ejemplo, los efectos del alcohol en la sangre. Todos hemos visto alguna vez a un conocido llegar muy serio y circunspecto a una reunión social, convertirse después de los primeros tragos en una persona alegre, sociable y desinhibida y, finalmente, después de haber bebido más de la cuenta, transformarse en  impertinente e insociable.

Ni hablar de las llamadas "drogas duras"; las páginas rojas de los diarios reseñan su efecto.

Lo contrario también es cierto. Sabemos que las emociones, estimuladas por la percepción de hechos o situaciones significativas para una persona, cambian la composición química de su sangre. El cuerpo reacciona ante el peligro y la agresión física y verbal. El cerebro y el sistema de glándulas endocrinas actúan para preparar al organismo a defenderse o a huir. Los mensajeros son substancias químicas que entran al torrente sanguíneo para llevar instrucciones a los músculos y a los órganos del cuerpo.

Una palabra amorosa dicha al oído modifica la química del cuerpo. Su percepción induce la circulación o inhibición de hormonas y neurotransmisores, los cuales, a su vez, modifican la conducta. De manera circular, las modificaciones bioquímicas predisponen al sujeto en relación con los fenómenos de la sensación, la atención y la percepción. Con la sangre cargada de testosterona, un adolescente apasionado puede observar en una chica gestos imperceptibles para otras personas. El lenguaje del cuerpo se torna  más significativo, las palabras comunes llegan a ser poesía y la imaginación crea paraísos idílicos. Es lo que suele llamarse un "estado alterado de conciencia".         

Cuando pensamos en estas cosas podemos apreciar, aunque sea de lejos,  la inmensa complejidad de las relaciones del alma humana con su substrato orgánico.

Los grandes pensadores de la antigüedad se preguntaban por el sitio donde residía el alma, a la vez que especulaban sobre la substancia de la cual estaba formada. Algunos llegaron a pensar que estaba en el estómago, el órgano más visiblemente afectado por las emociones. Otros pensaron que residía en el corazón, cuyo ritmo evidencia los estados psicológicos. Mientras los más ingenuos intentaron pesarla, los más escépticos proclamaron que no existía, pues, después de revisar todos los rincones del cuerpo, no encontraron evidencia "objetiva" de ella. Hoy, la gente suele asociar, de manera muy vaga, el alma con el cerebro. Cerebro, mente y alma: tres palabras para intentar una respuesta fácil a la pregunta más importante y difícil de la historia.

Yo, aunque reconozco mi propia ignorancia y mi propia obscuridad en relación con este tema, me atrevo a rechazar estas simplificaciones, que me parecen infundadas.

Me parece que el alma, eso que llamamos alma, tiene que ver con lo que es verdaderamente nuestra identidad. Parto, indudablemente, de una preconcepción de origen religioso, pero la razón me indica que yo no podría ser quién soy si, como decía Ortega, no viviera dentro de las mismas circunstancias. Y la más prominente de mis circunstancias es mi propio cuerpo. Todos me reconocerían como la misma persona si tuviese la desgracia de perder una mano o una pierna. Incluso, si fuese sometido a un transplante de corazón. ¿Sería igual si me fuese transplantado otro cerebro?

Tal vez esta última pregunta no tenga sentido; quizá no sea nunca posible desarticular al cerebro del resto del cuerpo humano, porque las estructuras neuronales representan y reproducen, de alguna manera, al organismo que las sustenta. Pero, ¿qué si perdiera una parte del cerebro? ¿o si mi hipófisis o mis glándulas suprarrenales comenzaran a funcionar de modo diferente? ¿Qué pasaría con mi carácter si mis sentidos se alterasen de tal forma que la realidad que percibiera fuese radicalmente distinta a lo que antes percibía?

Es posible que, después de todo, sí cambie mi identidad con tan sólo perder un dedo de mi mano. ¿Cómo hubiese sido el alma de Cirano, con una nariz diferente?

Cuando exclamamos, por ejemplo, refiriéndonos a alguien a quién creíamos conocer y que nos ha demostrado lo contrario con un acto muy noble o muy traicionero: ¡Ahora ya le conozco!, nos referimos a su alma, a su verdadera naturaleza, a su identidad. Pero yo me pregunto: esa alma, que constituye su esencia, ¿es separable de los casuales accidentes de su cuerpo?         

      Ramón V. Viggiani Quintana